La inexplicabilidad y la calma

La vida esconde tantas trampas (dolorosas, tristes, mortales trampas), que el ser humano se siente vulnerable, es decir, susceptible a la herida. Está bien sentir miedo… o no es que sea malo o bueno, sino que resulta normal, antiguo, animal, humano.

El temor pasa en buena medida, quizás, por el desconocimiento. Todo lo que nos falta por dilucidar y apenas conocemos desde lo macro; lo que –sabemos– sucede y aún no le encontramos algoritmos; lo que duele y no se sabe evitar; eso… alimenta la aprensión.

En efecto, hay cosas que acontecen y no se explican. Explicar: manía nuestra acentuada por el paradigma cientificista; esa ambición de comprender que alivia e hiere, que nos hace sentir mancos y al mismo tiempo nos hala o empuja; elemento común en la composición del inconforme.

Muchos se aferran a la ciencia, a que el destino de esta, como camino, es encontrar respuestas y desenredar acertijos cuyo desenlace dan como algo en sí, inamovible y definido. Pero incluso estos saben que ese trillo -la ciencia- resulta demasiado largo, mientras la vida, ¿quién lo duda?, todo lo contrario.

Entonces brota lo ancestral, el vicio ya manido de los viejos, el rito, la fe que se burla de todo materialismo cuadriculado. 

Bajo el amparo discreto de la soledad oscura de un cuarto, se prenden velas, se rebosan vasos con agua corriente, se busca en Internet una oración que la incultura escoge al azar y se reza, como quien dice: “Ya no tengo nada, necesito ayuda”.

Luego, la cera deja de ser solo cera, el agua ya no es corriente y el texto, por lo que se le pone, deja de ser solo letras.

Por esa bendita calma que al menos empaña la zozobra del necesitado, por ese alivio que hace pensar en que no todo se pierde, días como el que corre, cuanto menos, deberían ser vistos con el filtro de un poema y con la sencilla sobriedad del respeto.

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