A veces temo comentar en las redes sociales. Justo después de escribir mi texto lo lanzo a Facebook, la red de Zuckenberg y los impíos. Considero respetable lo que escribo, al menos aceptable. Tengo mis inclinaciones -no tienen que ser las suyas- sin embargo, el fuego abrasa y el oxigenado insulto lo aviva.

Me siento frente a la inquisición. No hay intercambio, no hay ideas, siquiera respeto. Solo una horda caníbal, devoradora de argumentos, artífice de los más bajos insultos. Destruyen cualquier indicio de honestidad humana. Su saliva carga tanto veneno como la de una mamba negra o la del Dragón de Komodo.

Es un fenómeno mundial, quizás una de las muestras fehacientes de la pérdida de valores; o sencillamente una prueba de ignorancia globalizada. Benito Juárez decía que “el respeto al derecho ajeno es la paz”. Me pregunto: ¿no es opinar un derecho? ¿O es que no se quiere la paz?

El canibalismo digital se pone de manifiesto sobre todo en temas políticos. Si piensas diferente a algunos depredadores entrarás en conflicto, pues te atacarán sin piedad, sin criterios, imponiendo la fuerza de la humillación, el insulto y la injuria.

El problema no es discrepar. Siempre que se discrepe con respeto, el intercambio de ideas es un ejercicio sano, necesario. Tampoco es que alguien sea dueño de verdades absolutas, o infalibles. La discusión y el disenso son comunes en la vida cotidiana. Tengamos esto claro.

Ahora bien, vale tener un criterio, sea cual sea, pero es importante, basarlo en conocimientos, llenarlo de sentido. Ante algunos vacíos mentales -lógicos en cualquier ser humano- no se puede, bajo concepto alguno, acudir al insulto como al parecer, se ha convertido en moda.

Contra los defensores del sistema

Los ejemplos sobran, igual considero vital mostrar algunos. En días recientes, con el filme Plantados se dio un tristísimo caso que me gustaría citar. La periodista Alejandra García publicó una crítica cinematográfica a dicho rodaje en Qva en Directo.-Repito,puramente crítica cinematográfica-.La colega, desde su conocimiento y análisis, realizó varios señalamientos los cuales consideraba reprochables del largometraje: movimientos de cámara, guion, actuaciones, etc.

Ante su trabajo, fueron pocos quienes se atrevieron a contradecir sus fundados cuestionamientos. Sin embargo, larga fue la lista de horrores y palabras soeces que leyó la joven. Para colmo, si alguien osaba defenderla, siquiera recordar el vocablo respeto, la horda despertaba y el fuego de disparates volvía a quemar la dignidad del mundo.

Asimismo Alexander Abreu, de Habana de Primera pasó por la hoguera de los acusados de comunistas. Solo por defender lo que él cree correcto recibió todo tipo de insultos, en una campaña orquestada para desacreditarlo.

Otros personajes de la cultura como Israel Rojas Fiel de Buena Fe y periodistas como Lázaro Manuel Alonso han sido víctimas de intentos de desprestigio. Lo mezquino es que no apuntan sus mordidas hacia la música o el trabajo de los procesados por la inquisición sino intentan dar zarpazos a su vidas privadas o apelan a las amenazas y las ofensas.
Lo increíble de todo es que muchos de esos “insultadores” o “haters” son los mismos quienes hablan de dictadura en Cuba, de falta de libertad de expresión y opresión al que piensa diferente ¿Irónico, no?

El cyberacoso: un hecho despreciable

La falta de respeto no está aprobada, e incluso, en muchos países, incurrir en estos insultos por las redes de forma reiterada es totalmente punible. Nadie puede, o debe, estar en contra de las discusiones. El periodismo, las redes sociales, los comentarios en dichas redes están para eso: intercambiar criterios y lograr una retroalimentación donde todos somos emisor y receptor al mismo tiempo.

Este tipo de personas sin ápice moral, que se comportan como bestias despiadadas solo son ruido. Si algo responsable debemos hacer en redes es evitar este tipo de acciones, recriminarlas, reportar las cuentas.

No son pocas las personas quienes tienen miedo a expresar lo que sienten en las redes. Alcanzadas por el temor a ser atacados con crudeza por estos emisarios del deshonor y la ignorancia. Es necesario abrir caminos a las ideas y cerrarlos a estas manifestaciones tan despreciables. Como expresase Víctor Hugo: “La libertad comienza allí donde se acaba la ignorancia”.