Debe ser cosa de gente santa transmitir tranquilidad en medio de una crisis. Más aún, cuando sus palabras deberían sonarnos como alarmas. Médicos que avisan lo bueno y lo inevitable. Todos tienen una máxima: lo peor que puede sucederle a un profesional de la salud, es perder un paciente.

Entrar en un hospital cubano en estos tiempos es como llegar a una zona de guerra, donde lo único que falta es la banda sonora de tensión. Miles de hombres y mujeres comprometidos con su profesión se levantan diariamente buscando arrancar vidas a la muerte, literal, sin guantes.

Sacrificios poco conocidos, salvo por quienes están ahí a la hora cero. Pero no deja de ser cierto también que, en la obra grande, se esconde la pobreza de espíritu. Nadie puede rebatir que en ese campo de batalla hay comerciantes, gestores y oportunistas. Un amigo, el amigo de un amigo, un pariente, alguien que conoce a fulano de tal…. Siempre se busca la forma de “resolver” para no caer en el abismo de “lo que nos toca” y, entre todos, hemos contribuido a torcer el árbol.

Las causas son múltiples, pero en su mayoría salvables con una mentalidad renovadora. El cambio es necesario para no perecer. Eso lo saben quienes dirigen. La palabra cambio, que parece ser un eslogan generacional, tiene entre sus grandes defensores a quienes lo han vivido todo y no pierden la esperanza.

“La pirámide laboral está invertida en Salud Pública”- advierte el doctor Leonardo Fernández Fernández, médico que combatió el Ébola en Liberia y la COVID en Lombardía. Además de haber estado en 2 guerras- “la base de toda instalación hospitalaria es la higiene, luego los enfermeros y finalmente el médico.” Lo dice desde la experiencia de quien ha estudiado y dirige servicios de salud en Cuba y el extranjero. “El personal de salud (higiene, alimentos, transporte) ha estado históricamente invisibilizado”. Esta es una realidad que, el profe estima, se debe transformar para conseguir ese cambio tan ansiado en los servicios de salud publica cubanos.  

No obstante, el problema es más grave, si se tiene en cuenta que muchos profesionales de la salud se sienten mal atendidos. “Hace unos días llegaron unas donaciones. Paramos a todos y les dimos lo poquito que nos llegó, pero su felicidad fue inmensa. Cosas básicas, casi elementales, que no tenemos y nos llegaron por esa vía.”  

Esa realidad ha llevado a varios profesionales de la salud a replantearse su futuro. Más de uno a decidido dejar la bata y dedicarse a otras cosas. La atención al personal de la salud, sobre todo en estos tiempos, debería ser cuando menos, excelente.

El doctor critica con vehemencia el mal trabajo, “es mejor no hacerlo, decir no puedo, no quiero”. Aunque entiende que, como en cualquier profesión, errar es humano.

Fuente: Salam A. Mousa.

“Han cambiado los paradigmas en la formación de los nuevos profesionales, y hoy los de más experiencia tenemos el deber de ayudar a culminar la educación de esos doctores que se gradúan”. El profe nos cuenta que, tal como sucede en los países desarrollados, la tendencia a dilucidar los problemas mediante exámenes complementarios ha tratado de imponerse a la clínica que siempre se ha practicado en nuestros hospitales.

“Faltan reactivos y medicamentos porque a veces se abusa. Vemos pacientes que realizan ciclos de medicinas o pruebas, y luego se las repiten por si acaso. Eso lo que hace es limitar más aún las posibilidades de atender a otras personas con esos mismos recursos.”

En medio del caos que genera la dispersión de los servicios médicos, se producen incongruencias. Un ejemplo de ello es que el hospital provincial exige, como sucede en la cotidianidad normal, un resumen de antibióticos, vales y recetas. Pero los médicos que prestan servicio en la extensión hospitalaria creada en la Universidad Provincial no tienen recetas. Recién graduados o médicos de la Henry Reeve, acabados de llegar de misión, no tienen todavía una asignación de ese recurso. Una traba más a sortear.

“Hoy como práctica en mi servicio, los doctores trabajan de conjunto con el personal de enfermería. Ayudan a los pacientes, les ponen medicamentos, canalizan venas, caminan con ellos. Humanizamos el trabajo del médico.”

“Hay que sumar en lugar de restar. Cuando un profesional se escuda en una ley para no ir a trabajar, la respuesta no puede ser el maltrato ni el reojo. Hay que conversar, convencer y montarlos, incluso con responsabilidades, en nuestros equipos. Es deber de los que dirigimos ese diálogo y no nos podemos molestar porque nos lleven la contraria: es, si acaso, solo otra forma de ver la vida.”

Al profe le da pena que le digan que es el mejor, el “cerebro” o “la vaca sagrada” del Hospital Provincial Agostinho Neto de Guantánamo. Sin embargo, realmente lo es. Los pacientes lo corroboran y le agradecen su “mano dura”.  

Antes de marcharnos entra una llamada. Un médico que no está trabajando se quiere incorporar. La respuesta del profe es que él solo puede tramitar su caso, no su ubicación. Al otro lado de la línea hay un pedido casi de socorro: “con usted profe, a trabajar con usted.”

La historia sin fin

A unos metros de distancia, converso con un médico intensivista. Para este trabajo le diremos Cosme, como el médico devenido en santo católico. Al igual que el Santo, nuestro Cosme es un hombre bendito, ha salvado vidas tantas veces sin pedir nada a cambio.

“La realidad es que hay un grupo no despreciable de personas que trabajan en el sector que están disgustados. El ordenamiento perjudicó lo que se había logrado y hoy los salarios que se perciben son irrisorios para el costo del nivel de vida. Entendemos que es un problema asociado a la inflación que hay en el país, pero es muy complicado.”

“Tampoco tenemos todo lo que se necesita para trabajar. El país se esfuerza, pero no es suficiente y sabemos lo que ello conlleva. Hemos tenido que trabajar sin recursos, viendo cómo se nos van personas que pudiéramos haber salvado con un medicamento que no está a nuestro alcance. Es muy triste vernos así ahogados por no poder. Y eso llega dentro. Somos seres humanos y las personas que fallecen son nuestros vecinos, hermanos, hijos, padres… Aún no sabemos cuánto daño va a causar la COVID-19. Solo que nunca vamos a olvidar la huella que nos está dejando.”

La historia de Cosme es como la de tantos médicos cubanos. Internacionalista, Brigadista, con 30 años de ejercicio. “Las personas se quejan del servicio que damos y lo entendemos, pero mira (muestra sus manos limpias) no tenemos guantes. Pero no digamos guantes, no tenemos la dieta que llevamos para el régimen de trabajo que hay en el hospital. El personal se fatiga luego de 14 y 16 horas de trabajo ininterrumpido y la guardia es de 24 horas. Hemos seguido aportando nuestro esfuerzo y es todo lo que podemos dar por ahora.”

Cosme no es militante del Partido, ni forma parte del Sindicato. Pero Cosme es cubano y está poniéndole corazón a su trabajo, su país, su gente. “Hace unos días se dio un caso con una embarazada. Estaba mal por la COVID y tenía que ser entubada. En ese momento yo pasaba por el salón cuando vi al personal de enfermería tratando de socorrerla sin éxito. Cogí los instrumentos y comencé la maniobra, mientras las enfermeras me trataban de poner los medios de protección. Pero no daba tiempo, se me iba. Terminé la maniobra así y unos días después debuté con síntomas.”

Su familia también sufrió la enfermedad. Afortunadamente sin pérdidas lamentables. Pero sé que él no es el único profesional de la salud que ha pasado por eso. Muchos no corrieron con la misma suerte. Es un hecho que los profesionales de la salud han sido víctimas de este desastre sanitario.

Toda obra humana es perfectible y donde haya luz, también habrá sombras. Es fácil criticar lo que hacen otros sin ver las realidades entre líneas. Pero que no se nuble el juicio nunca de ningún cubano, nuestros médicos son lo más grande que da esta tierra de héroes. Cegar una vida es fácil, la vida es frágil. Lo difícil es andar arrancándole vidas a la muerte, sin más medicina que el amor.