Tado de Diario del Viejo

La muerte de los grises

Aunque existan matices, a veces uno lo percibe todo –o por lo menos lo recuerda– con un tono seco. ¿Será que hay tanto gris en las calles de La Habana, tanto blanco desteñido o churroso, tanto color de escombro que se anuncia?
Gris el asfalto, gris la acera, grisácea la penumbra cuando se camina entre edificios, mientras corre la mañana sin que el sol aún logre colarse con su enfoque cenital, quizás única forma de que acaricie, con dedos de luz, lo profundo de estas callejas, donde a la sombra –y otra vez el gris– se comercializa todo.

¿Uno tendrá visión de perro cuando va apurado?

Este es el edificio, sí. Enorme fachada deslucida. Vieja puerta a la que retar con los nudillos debe causar daño. Puerta abierta. Último piso. El gris se retinta de gris con el mármol sucio y cuarteado de los escalones, con las telarañas compinches de la humedad, con las paredes polvorientas del hollín del mundo exterior que se cuela por alguna parte –di tú, por dónde–, que se cuela…
Y es casi negro el gris que se aloja en las grietas, grietas de diverso caudal y dirección que anuncian la inexacta proximidad de un desastre. Sin embargo, culmina el ascenso y, de la forma más absurda, el gris se quiebra.
Como la flor prendida de colores que puja por nacer en lo más alto de un cactus de mortecina apariencia, las tendederas se apoderan del vacío interior al que miran todas las puertas de la gran cuartería.

Sábanas amarillas, lilas y blancas; blúmeres, ajustadores, calzoncillos, camisetas, blusas… que cubren con exuberancia toda la paleta de colores, con un tono que se posiciona entre lo chillón y lo sublime, porque el sol, que aquí arriba no se enfrenta a barreras de ningún tipo, atraviesa las telas y les rebaja cualquier vulgar disonancia.

El corazón de este edificio es hueco, pensarán algunos al advertir el vacío prediseñado –más de un siglo ha– por quién sabe qué arquitecto. Y es posible, sí. Digo más, según la escuela norteamericana de prensa, los edificios –las piedras– ni corazón tienen… ni vista ni pulmones.
Pero –¡qué cosa!–, estas tendederas con olor a salitre lo ponen todo en duda: retando a la gravedad son mecidas por la viento (¡el edificio respira!) y sale al balcón, casi flotante, la gorda con sudores agrios que aprieta el calzoncillo por «los huevos» para sentir el agua en el poliéster en tanto me mira, desconfiada, porque adivinen qué: ¡el edificio observa!
Por simple silogismo, ya sabemos que todo lo que respira y ve, al menos, corazón tiene. Sí, el edificio palpita, por eso «florece» aquí arriba, donde al parecer no quedan más escaleras pero definitivamente existen, y alguna que otra conduce hasta acogedoras barbacoas con pisos de linóleo y tablas.
Si se tiene linóleo y tablas bajo los pies, uno se siente Acteón, volando en plena variación sobre La Habana, cuando paso a paso se desplaza y casi sin quererlo gira. No es casual –se piensa–, quizás por cosas así de incomprensibles esta resulta una de las cuatro grandes capitales del Ballet.

Y se regresa por el mismo «trillo», dejando atrás la luz, recuperando el gris sobre los hombros y desembocando nuevamente a la calle. Camino.

Y camino un poco más y el escándalo proveniente de un puesto de baratijas me frena. «¿Qué tú quieres?», grita con agravio la vendedora. «¡Párate ahí, coño! ¿Qué tú quieres?», vuelve a esgrimir enrollada en histeria.
Frente a ella, una mujer de descuidado aspecto, ropa sucia, ¿descalza?, no logra formular una palabra con sus alaridos graves y se arrodilla en el quicio y se lleva las manos al pecho, como en súplica, mientras llora y sigue arrodillada y llora y señala una gangarria.
La calle se detiene. La calle, con sus ojos, mira. La calle, con su boca, calla. Y la vendedora se derrumba ante la imagen que la enfrenta, ante el sollozo y las rodillas que se aprietan al quicio.
Y le sigue gritando, porque hay gente que solo domina el umbral de la estridencia, pero esta vez parece que grita para frenar el llanto propio. Le pide que se levante, a gritos, sí, pero con sabor a ruego y apunta con su mano a las baratijas colgantes.
–¿Quieres esto? ¿Esto quieres? Coge, ten– dice mientras desengancha un jarro de aluminio, al que se aferra con apacible agradecimiento la que ya no llora, quien, a su vez, saca unos billetes estrujados. La vendedora retiene las manos que le ofrecen pago, suavemente las repliega y grita: «¡No! ¡No! Guárdalo para que compres jugo y lava el jarro… que está sucio».
Todos siguen su camino.
En medio de tanta bruma, a nosotros lo que nos salva –me digo– es que los trapos nunca son grises, esos trapos que con la mirada de perro casi no se ven pero que siempre cuelgan al vacío, allá en lo alto de edificios huecos de La Habana rota.

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