La novela de Juan Guaidó

Por: Yuri Aguiar

Nadie duda de la capacidad creativa con la que muchos escritores latinoamericanos trasgredieron la literatura universal. El continente, fuente de genuina inspiración para transformar con letras nuestras realidades, ha visto nacer varios submundos que muchos quisiéramos visitar.

Bastaría mencionar la sátira surrealista que construyó Julio Cortázar en “Historia de famas y cronopios”, retrato de cualquier sociedad; o el Comala de destiempos, a donde Juan Rulfo nos envió tras Pedro Páramo; o aquel Macondo y la familia Buendía, de la que todos nos sentimos parte gracias al Gabo.

La creatividad se construía desde la imaginación del autor; sin embargo en 2019 -adaptando esas habilidades al panorama político de la región- un ninguneado Juan Guaidó revocó las bases de la narrativa venezolana y se propuso lograr que cuanto anidara en su mente, tuviera feliz y objetiva materialización en la vida real. Y así fue que el 23 de enero de 2019, Guaidó escribió el primer capítulo de su novela mental al autoproclamarse Presidente de la República Bolivariana de Venezuela.

Todo comenzó cuando en su ficción imaginativa, Guaidó no concibió nada más natural que tomar la Constitución de su país para interpretarla a su antojo y aludir a presuntas circunstancias -muy lejanas de la realidad- para creerse mandatario. No obstante, en dos añitos de “investidura”, jamás se le ha visto en el Palacio de Miraflores, ni ha instruido a los ministerios y entidades que rigen la vida social, económica y de defensa del país. Dónde radica su casa de gobierno y cómo lo ejerce, es uno de los capítulos de la novela de Guaidó que aún permanece a oscuras.

¿Quién, de niño, no soñó presidir su país? La sola idea es noble, más cuando parte del compromiso de generar bienestar y equidad a sus paisanos. Sin embargo, las complejidades de la vida y la política, determinan circunstancias que pueden favorecer que una persona llegue o no a investirse como mandatario. Y Guaidó resultó ser un tonto útil con la fantasía de un gobierno paralelo, y contó con ciertas “condiciones” favorables, en concreto con el beneplácito y financiamiento de Donald Trump, que a su vez acataron serviles algunos gobiernos en Europa y Latinoamérica.

En un país con casi 20 millones de electores, Guaidó llegó al Parlamento electo por 97 mil de ellos, se auto juramentó ante unos 30 mil, y pretendió validarse en marchas y actos que empezaron con 10 mil personas y se extinguieron con un par de miles. Pero, en su fantasía, Guaidó creyó contar con el apoyo mayoritario de los venezolanos, sin que le importara el claro mensaje de que sus convocatorias más épicas, como el Concierto por la Paz en la frontera con Colombia en febrero de 2019, o la reciente Consulta Popular que planteó como respuesta a las elecciones Parlamentarias, terminaran siendo rotundos fracasos de acompañamiento popular.

Guaidó tampoco ha sido invitado como representante de Venezuela a ninguna reunión de primer nivel de organismos internacionales serios -dije serios: aquí no cuentan ni la OEA ni el Grupo de Lima. Cuando sale o entra a su país, lo hace en vuelos comerciales, nunca por Rampa 4 ni en el Avión Presidencial; y jamás se le ha visto siquiera abanderando a alguna delegación deportiva venezolana a eventos múltiples. Al parecer Guaidó no se ha enterado de que esas son actividades protocolares propias de un gobernante.

No obstante, hay que concederle que sí se ha esforzado -ha sido casi toda su agenda- en regentar los millonarios fondos del estado venezolano, ilegítimamente robados en Estados Unidos, Reino Unido y Alemania. Ello junto a constantes reclamos de sanciones e invasiones, conforman el concepto de Presidente que Guaidó se ha construido para sí.

También nombró magistrados del Tribunal Supremo de Justicia, rectores del Consejo Nacional Electoral, embajadores y ministros…pero ninguno de ellos radicaba ni ejercía rol alguno en Venezuela. De hecho, ni el propio Guaidó ejerce de presidente, y aun cuando en varias ocasiones amenazó con ocupar “sus” oficinas en el Palacio de Miraflores, jamás se atrevió a reclamarle tal “derecho” a Maduro.

Las fantasías de Guaidó también abarcaron el área militar, pues pretendió liderar grandes batallas para “liberar” al país. Así fue que de sus imaginaciones derivó un alzamiento táctico cuyo logro fue interrumpir el tráfico por solo media hora en el Puente de Altamira -uno de los más transitados de Caracas-, y una invasión marítima donde los portaviones y marines deseados, quedaron en 3 botecitos y unos trasnochados jugadores del “Call of Duty”.

Si un crédito habría que darle a Guaidó, es haber arrastrado a quienes, ajenos de toda realidad, prefirieron vivir la fantasía de una Venezuela sin Maduro y sin chavismo. Guaidó jugó a los Sims con sus seguidores, y a poco más de dos años, el juego caducó, y no trae actualización.

Pero, como toda obra tiene final -y las malas terminan antes-, la ficción que creó Guaidó rebosa en señales de agotamiento y pérdida de credibilidad. Carente de un guion cautivador, muy repetitivo en conceptos trillados, y además, perdido el entusiasmo de sus partidiarios y con su mecenas caído en desgracia (entiéndase Donald Trump), el submundo fantasioso que se creó apunta a un epílogo triste para el protagonista: el olvido.

Si se animara a una secuela, será o bien en el autoexilio, o en una cárcel que ya el gobierno, le puede estar acondicionado.

Deja un comentario