La quinta vez de Ana fue la vencida

Ana es de esas personas que dio su paso al frente en la lucha contra la COVID-19. El 7 de abril debía entrar a trabajar, por cuarta vez, en un centro de aislamiento. «Estaba muy nerviosa y estresada, pues me tocaba estar al frente del grupo y no conocía a ninguna de las otras personas que trabajarían conmigo. Eran estudiantes y varios años menores que yo. Teníamos casi todas las condiciones listas, nos comunicábamos bastante bien por un grupo de WhatsApp y estábamos ansiosos por entrar, eso siempre pasa».

Sin embargo, el 5 de abril su pareja (Javier) llegó a la casa con dolor de garganta. Al principio pensaron que era «un malestar un poco exagerado, pero cuando me insistió en el dolor para tomar algún medicamento comencé a inquietarme, porque llevaba trabajando 5 meses como organizador de las colas en una tienda».

«Me preocupaba que tuviera COVID y no se atendiera, es hipertenso. Vivimos con mis abuelos, mi mamá es asmática y yo había estado en contacto con tres personas mayores. Además, mi suegra es diabética e hipertensa. Debía entrar al centro de aislamiento y podía provocar un problema si estaba enferma», señaló Ana.

A pesar de haberse protegido y estar siempre alerta, la posibilidad de contagio no desapareció.

Al día siguiente acudieron al consultorio y su test de antígenos dio positivo; aunque el de Ana fue negativo. La pareja retornó a su hogar, en consecuencia, avisaron a todas las personas que podían estar implicadas.

«Prácticamente organizamos su mochila de paciente con las cosas destinadas a mi trabajo en el centro de aislamiento. Se sumaban otros artículos raros para abril: medias, colcha y abrigo, ya que el interferón puede provocar escalofríos. Él no estaba consciente de cómo podía complicarse todo, pensaba que daría negativo al PCR y sería solo un susto. Yo no lo veía así; ya para ese momento estaba convencida de que era positivo y en unos días yo también. Me sentía muy angustiada, tenía la impresión de que nadie a mi alrededor entendía, que todo el mundo en mi familia minimizaba la situación».

Eran las 11 a.m. y el carro que debía trasladar a Javier no llegaba. La espera se hizo demasiado larga.

«En la casa decidimos tener varios aislamientos. Evité el contacto con mis abuelos, a mis padres y hermano solo los veía para comer. La doctora y el médico de la familia nos siguieron de cerca, vinieron varias veces a la casa. A los 5 días nos harían un PCR a todos. Hasta entonces quedaba esperar».

Javier no se sentía mal y no le subió la presión, pero su resultado se demoró más de lo normal en llegar. «Cuando finalmente dio positivo todo el mundo se alarmó mucho. Fue trasladado a la UCI y allí se empezó a sentir mejor. Estaba más cómodo y sin síntomas». La preocupación de Ana iba más allá, contagiar a alguien era su mayor temor.

«Una amiga me hizo notar en ese momento que estaba obviando un detalle: el terror a que mi familia se enfermara y mi novio lo pasara mal me había hecho olvidarme de mí. Estaba segura de que iba a dar positivo, pero no me preocupaba».

El temor a contagiar a sus seres queridos la llevó a extremar las medidas de protección.

Era 11 de abril y comenzaba a tener dolor de garganta. Se vistió y fue directo al policlínico a hacerse el test de antígenos. «Mi test confirmó lo que ya sabía. Cuando, de regreso, se lo dije a la doctora de la familia, me miró con cara de “no te tocaba” y me dijo que todo iba a salir bien».

El carro que la trasladó hasta el centro de aislamiento en Casa Blanca no admitía tristezas, tenía una música de discoteca tan alta que le costaba trabajo recordar su condición de enferma.

«Compartí habitación, durante tres días, con dos personas más. Solo conseguíamos cobertura en un patio, había muchos gatos y calor. Por lo demás, era un lugar cómodo».

El dolor de garganta desapareció al siguiente lunes y el pinchazo del primer interferón fue menos doloroso de lo esperado. Ana dio positivo al PCR, mientras sus compañeras de cuarto abandonaron el centro de aislamiento para reunirse con sus familias.

Ana volvería a dar positivo al PCR varias veces más sin explicación aparente.

«Solo quedaba esperar, nuevamente, a que me recogieran. En ese tiempo hubo a quien le subió la presión, tenía diarreas cada dos minutos o no dejaba de dar gritos desgarradores desde el patio porque no entendía que alguien se empeñara en aislar a su hijo en un centro, sin ser positivo confirmado. El cumplimiento de los protocolos era bastante variable. Sobre las ocho nos montamos en la guagua que nos llevaría para el otro centro, no sabíamos cuál aún. A eso de las 10 llegamos al Cotorro, no existía seguridad de quedarnos en la Escuela de Enfermería. Un año atrás este fue el lugar en que esperé el resultado de mi primer PCR negativo».

Ahora compartiría cuarto con cinco hombres. «A diferencia de mis compañeras anteriores, roncaban mucho y no hablaban con tanta tranquilidad de sus conocidos muertos por COVID-19. Al igual que en Casa Blanca, todos los días pasaban médicos para preguntarnos cómo nos sentíamos. Tenían la paciencia para atender todas las muestras de hipocondría y responder nuestras dudas».

«Los muchachos que trabajaban como pantristas traían siempre, además de la comida, una sonrisa y una broma. En todo el tiempo que estuve ahí, solo recuerdo a una persona encargada de la limpieza. No se reía por debajo del nasobuco, siempre se le veía preocupado, era un hombre grande y pesado que sudaba a mares bajo los trapos verdes. Estaba incómodo con la indumentaria y eso lo hacía un poco torpe, pero siempre servicial. Todos los días desinfectó las 6 duchas y las 6 tazas, recogió la basura, secó el patio (que pasaba más tiempo húmedo que seco). Casi a diario pasaba la colcha mojada por los cuartos. Todas las tardes fumigaban nuestro cuarto con hipoclorito al 5 %».

De acuerdo con el protocolo para pacientes positivos, el interferón se suministra cada dos días y al quinto se realiza otro PCR. «Eso quiere decir que los positivos más afortunados pasaban al menos 7 días ingresados y recibían mínimo 3 dosis de interferón. Muy pocos daban negativo a su primer PCR», afirma Ana.

La entrevistada compartió detalles de las condiciones de los centros y la labor realizada en ellos.

«La primera vez que volví a dar postivo fue una franca decepción, porque supuestamente las personas jóvenes y saludables deben negativizar rápido. Así pasó con Javi en la UCI. “Era muy raro que te fueras a la primera”, “seguro que con el próximo interferón das negativo”, “en la muestra que viene ya debe ser”, decían las llamadas y los mensajes».  

Ana disfrutaba los días en que la inyectaban porque eran contrarios a los de entrega de resultados. «El interferón no me provocó las reacciones tan temidas, solo un dolor de espalda, que todos los pacientes compartíamos y los médicos atribuían a las camas. Las noticias de que el PCR había vuelto a dar positivo también se volvieron comunes. Entonces las llamadas y los mensajes preguntaban por qué. Y yo no sabía cómo responder».

«Después de saber el resultado de mi tercera prueba (positiva) le pregunté a la enfermera cuál era ese otro tratamiento: ozono a través de una sonda. Aquello me dio mucho miedo (asocio las sondas a pacientes con enfermedades terminales o personas que no pueden valerse por sí mismas.) No pedí más atención mientras estuve allí porque el personal médico tenía otras cosas de las que preocuparse. Había personas mayores, hipertensas, diabéticas, con otras comorbilidades, que reaccionaban muy mal al medicamento. Había algunas bastante disgustadas, exigiendo en mala forma y quejándose. Por otra parte, allí no se contaba con ningún equipo ni estudio que pudiera dilucidar la situación. Estaban agotadas las capacidades en otros lugares. Por último, mi caso no era particular».

Para Ana la ducha se convirtió en su lugar y tiempo preferido. Podía estar sin nasobuco, tenía paz y el agua fría le agradaba.

«La mayoría de los que coincidieron conmigo en el Cotorro no sabían por qué estaban ahí, no entendían que el virus persistiera o la necesidad de mantenerlos aislados (si ya se sentían bien). Creían que el gobierno era el único responsable de las dimensiones pandémicas en Cuba. Muchos se conformaban con que aquello “estaba para nosotros” y que “sería lo que Dios quisiera”. Yo siempre respondía que estaba ahí porque no quería que mi familia pasara por eso o mis abuelos se complicaran».

Las experiencias de cada paciente son diferentes, al igual que la influencia del virus en sus vidas.

Una de esas noches, una compañera de cuarto empezó a llorar sin aparente explicación. «Su tía acababa de fallecer, unos días después de haber dado negativo en su PCR. Estaba desconsolada porque no podría ni despedirse de ella en el funeral. No hubo entonces ninguna frase sobre predestinación o resignación».

A la mañana siguiente Ana supo que, al fin, había resultado negativa su muestra. «No puedo explicar la fiesta que fue aquello para todos en la habitación. Una fiesta sin abrazos, besos o palmadas, solo hubo un selfie distanciado. No me lo creía. Cuando llamé a mi mamá no podía hablar, ella tampoco. Después de 15 días fuera de casa, la 5ta prueba y 7 pinchazos, regresaba. El día que salí coincidió con el que llegué a ese lugar un año antes para trabajar».

«Me preocupaba incorporarme a mi vida habitual e infectar a alguien. También tenía miedo que las personas me trataran diferente, pues con Javi había pasado. Más de uno tomó distancia o hizo algún ademán extraño al saber que éramos convalecientes. También tenía pánico a las secuelas. Sabía que podían matar o significar cambios en las formas de vida».

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