La Tregua: breve Dicha cotidiana o de cuándo el amor no es cursi

«A mí lo cursi me parece justamente eso: andar siempre con el corazón en la mano».

La Tregua, Mario Benedetti

Febrero de 2019. Una muchacha desanda el Vedado habanero en busca de un libro. Tiene que ser ese y no otro, aunque pudiera encontrar sustituto, quizás algo de poesía. Neruda o Alfonsina Storni. Quizás Vallejo o Guillén. No, la muchacha se empeña en un título, ni siquiera lo ha leído aún, ni siquiera es para ella, mas visita media docena de librerías rastreando una frase.

Lo Nuestro es ese indefinido vínculo que ahora nos une. Pero cuando lo mencionamos es siempre desde afuera. Me explico: decimos, por ejemplo, que “en la oficina todavía nadie se dio cuenta de Lo Nuestro”, o que tal o cual cosa sucedió antes de que empezara Lo Nuestro. Pero, en definitiva, ¿qué es Lo Nuestro? Por ahora, al menos, es una especie de complicidad frente a los otros, un secreto compartido, un pacto unilateral. Naturalmente, esto no es una aventura, ni un programa, ni —menos que menos— un noviazgo. Sin embargo, es algo más que una amistad. Lo peor (¿o lo mejor?) es que ella se encuentra muy cómoda en esta indefinición. Me habla con toda confianza, con todo humor, creo que hasta con cariño.

Tres meses antes la leyó en una web cualquiera, verificó su autenticidad y la usó para responder ciertos versos esperanzados. Ahora se empeña en encontrarla en papel, aunque se antoja quimérico.

 ***

Ciento cincuenta ediciones después; traducciones a decenas de idiomas más tarde; adaptaciones radiales, teatrales, televisivas y cinematográficas luego; el mérito de haberle conseguido reconocimiento internacional como colofón… Mario Benedetti diría que La Tregua (1960) no era su mejor novela.

Entonces pasaba los 80 años y miraba con espíritu crítico la obra de la juventud, en la que se había atrevido a narrar, en primera persona, el amor de un hombre al borde de los 50 con una veinteañera. 

No era una historia del todo ficticia: su jefe le había confesado que el enamoramiento de una chica a la que le doblaba la edad era la causa de una felicidad inusitada en él. A partir de esa confidencia, en el mismo café en que Martín Santomé, el protagonista de la novela, se encuentra con Laura Avellaneda, el poeta uruguayo, entonces oficinista, escribía a mano, durante las dos horas de almuerzo diarias, el borrador que luego corregía en su mítica Olivetti. 

El diario de Santomé, oficinista próximo a jubilarse, entre el lunes 11 de febrero de 1958 y el viernes 28 de febrero de 1959, es la fórmula de aproximación a una historia con aristas políticas, sociales e intrafamiliares. Una historia sobre el hastío de la clase media, la decepción de la vida ordinaria, pero, sobre todo, una historia de amor.

Personajes comunes con vidas comunes y problemas comunes hacen que el lector se sienta más cercano a una trama sencilla, pero presentada de forma profunda a través del uso del monólogo interior, que nos permite conocer los más recónditos pensamientos, deseos y conflictos de a quien saberse «superior, no demasiado, a mi agotada profesión, a mis pocas diversiones, a mi ritmo de diálogo», lo hace sentir «más frustrado, más inepto para sobreponerme a las circunstancias».

El tono pesimista constatable en esas frases es el que rige la vida de Santomé hasta la llegada deAvellaneda, incluso algún tiempo después. Sin embargo, paulatinamente el filtro gris se deslava y, aunque no deja de percibirse del todo el lente melancólico con que enfoca la vida, la bitácora comienza a recoger pasajes que le “alegran profundamente el corazón”.

Desde el dormitorio, ella me llamó. Se había levantado, así, envuelta en la frazada, y estaba junto a la ventana mirando llover. Me acerqué, yo también miré cómo llovía, no dijimos nada por un rato. De pronto tuve conciencia de que ese momento, de que esa rebanada de cotidianidad, era el grado máximo de bienestar, era la Dicha. Nunca había sido tan plenamente feliz como en ese momento, pero tenía la hiriente sensación de que nunca más volvería a serlo, por lo menos en ese grado, con esa intensidad. La cumbre es así, claro que es así.

La tragedia sobreviene poco después, llevando al narrador a ver, en su historia de amor tardía, apenas una tregua. «Ahora estoy otra vez metido en mi destino. Y es más oscuro que antes, mucho más», sentencia casi al final de un diario que concluye el día de la antes anhelada jubilación. 

La Tregua conmovió a miles de personas en todo el mundo. Al preguntarle a Benedetti qué razón atribuía a su éxito, simplemente respondió: «Es una historia de amor. Creo que no es cursi».

***

Febrero de 2019. Una muchacha sentada en un parque del Vedado aguarda ansiosa a que dos manos deshagan un papel azul que reza en caligrafía apretada: «Más que besarla, más que acostarnos juntos, más que ninguna otra cosa, ella me daba la mano y eso era amor».

Adentro, custodiada por una portada falsa, una vieja edición dedicada habla de historias que no son cursi, de complicidad frente a los otros, de la Dicha.

Deja un comentario