Leandro, la pasión y la belleza

Si corre algún fatigoso mediodía de un mes de junio cualquiera, en La Habana; si la prisa no nos condena a solo perseguir como bestias las baldosas del camino; puede que tengamos suerte y logremos degustar la grata imagen de Leandro Romero Reyes bajo los follajes del parque de la Fraternidad, sentado sobre su pequeño carro de limpieza con una guitarra entre las manos.

Cualquiera pensaría que la belleza –esa que milita atada a lo sencillo y lo sincero, esa que cada día encuentra más alambradas con púas que la trancan y más carteles restrictivos, de los que anuncian: no se permite entrar ni con perros ni sin máscaras– ha venido, asustadiza y ronroneante como un gato, a cobijarse en el gesto de este hombre.

Aproveche, no permita que el instante se fugue y corra a pedirle una canción, a saludarlo.

Quizás le diga que aprendió los primeros acordes estudiando Ingeniería Eléctrica en la Cujae, que utiliza la guitarra para llenar momentos a pesar de que ello –acote– no lo convierta en guitarrista.

Quizás se declare retratado por aquel himno de Pablo que versa sobre quien no comparte reuniones, «más le gusta la canción… que comprometa su pensar».

Usted lo escuchará hablar de las coplas que le tocan la fibra, lo oirá decir que son muchas y que las va cogiendo… les va buscando los acordes, que prueba suerte. Hablará de los Beatles, de Metalika, de filosofía, liberación espiritual…

Dirá que intenta ejercitarse con Silvio porque, a su entender, Silvio toca la guitarra como si tocase un piano y lo que Silvio hace con la guitarra –no se cansará de afirmar– le es muy llamativo y le resulta un gran reto.

Mentará también a Frank Delgado y se proclamará admirador de primera línea de butacas de su picaresca y los arreglos de su música. Tiene un trabajo imperioso que a mí me gusta mucho –dirá– mientras lo posiciona, igualmente, en estante de sus desafíos.

Espetará que sus proyecciones solo son aprender, porque le gusta; que no quiere dar conciertos ni ser profesional; que busca pasarla bien, tocar de la mejor manera y que cualquiera que esté enfrente oiga y no le cause desagrado.

Comentará sobre su vergüenza por tocar en público, analizará que, cuando uno se concentra en lo que hace, siente menos pena, pero a la cabeza entra una dicotomía que «funde» si se quiere quedar bien con la guitarra y el público.

Contará que, desde hace meses, se ha expuesto a venir aquí, sentarse en un banco, y tocar para el viento, como una forma de perder el miedo escénico, ese que está… simplemente está.

Dirá que no se puede depender de lo que otros piensen para ser feliz, que hay que despojarse de ello por difícil que sea, y que si sus compañeros se entretienen con el celular cuando terminan la faena, nada tiene de malo que camine hasta su casa, tome el instrumento y regrese a pasar, de forma más amena, el tiempo.

Aclarará, con sus más de cinco décadas y levantándose a ratos la mascarilla para saborear la pipa, que no ha llegado aún la etapa en que la gente se le acerque a pedirle canciones, pero que no importa: él «mecha» y a veces pasa cuatro horas pegado a la guitarra y sufre algún corrientazo en la yema de los dedos… y se detiene.

Insistirá en que la letra con gusto entra, en que empiezas con un acorde, buscas alguna melodía, vas ejercitando… y cometes mil errores, te equivocas y sigues hasta que lo coges.

Pero sobre todo es un problema de pasión –señalará el bueno de Leandro–; cuando tú haces las cosas en la vida sintiendo pasión, definitivamente aprendes; sin lucha, sin competencia, sin esperar nada, sin ninguna expectativa… Y claro que a uno le gustaría ser un Paco de Lucía, pero eso lleva tiempo y tenerlo hasta en los genes.

Se calificará de tímido y penoso y recordará sus días de reverendo de iglesia y sus diversos tipos de militancia sin templo, su condición de aprendiz, que es lo más noble que puede ser un hombre a cualquier altura de la vida sin que lo señalen con el dedo sucio de la ausencia de virtud.

Mencionará nombres que no conoces, religiones exóticas, se dirá padre de figuras polémicas, abrirá enormes los ojos tras los espejuelos y aludirá que, aunque le parece válido, todavía no le ha dado por tocar por dinero, que no es un «trovatur», como dijese Frank.

Ya le digo, si ve a Leandro Romero y se acerca… conversarán buen tiempo.

Al acabar, puede que no tenga una noción muy clara de su biografía, pero seguirá el camino, por las calles de La Habana, a sabiendas de que bajo las anacahuitas del parque de la Fraternidad, como escondido de todos, con su mera estampa, un tipo le da de comer a la ronroneante belleza.

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