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Los 50 de Elpidio

Nunca he hecho caso a los retos y este no ha sido la excepción, pero por pura curiosidad me he detenido en los perfiles de mis amigos a ver cuáles han sido sus muñes favoritos. Ana tiene a Matojo, Mario a Calixto, el de Dany y el club de los verracos, Víctor a Bob Esponja. No los critico, todos me gustan.

Sigo andando en mis redes y encuentro que este 14 de agosto hay un guajiro medio empecinado de sombrero y pañoleta azul, bigote pequeño y ojos y pelo negrísimos que llega a su medio siglo de existencia lleno de vida, entre generaciones de cubanos orgullosos de tener como uno de sus muñes a un tipo fiero que “no cree en nadie”.

Elpidio Valdés cumple 50 años de estrenarse como historieta impresa en las páginas de la revista Pionero. Antes lo había hecho en la historieta de samuráis Kashibashi. Fue así como nuestro insurrecto mambí llegó para quedarse.

Captura de pantalla de la página oficial de Elpidio Valdés en Facebook

Elpidio provocó en mí escasos momentos de travesuras infantiles. Por “su culpa” una vez me creí altoparlante y grité muchas veces encima de una mesa del aula: “¡Centinela alertaaa! ¡Aquí también alerta lo mismo!”. El chiste costó pasaje directo a la dirección y los gritos se transformaron en cientos de copias que más o menos decían: “No debo gritar en la escuela”.

En otra ocasión, ya más disciplinada, pero no menos callada, fui María Silvia por unos pocos minutos, camisa y saya largas, cabellos sueltos y un cinturón cruzado en el pecho como si estuviese el mismísimo Ejército Libertador en plena manigua. Nunca más he vuelto a disfrazarme.

Del coronel Valdés aprendí los comiquísimos nombres de algunos machetes cubanos, qué pasó en la primera carga al machete, cómo se hace un cañón con tiritas de cuero y un torpedo mambí y de los tabaqueros que apoyaron la causa insurrecta desde la emigración. Odié a Media Cara, a Resóplez y al andaluz y se me puso la piel de gallina cuando entre tantos tropiezos los mambises pudieron recuperar nuestra bandera.

Cierta complicidad parece atarme entonces a Elpidio, María Silvia, Eutelia o Pepito. Sus colores cada vez más opacos y sus cintas envejecidas todavía consiguen que deje de hacer cualquier otra cosa por ver el mismo episodio de hace dos días, de hace quién sabe cuántos años. Sus diálogos los repito hasta el cansancio.

Hace tiempo alguien me decía que para enseñar la historia de Cuba no se podía padecer “el síndrome de Elpidio Valdés”, invicto siempre frente al español bruto. Pero justamente el objetivo de su creador fue impregnar ciertas características de la idiosincrasia cubana, usar el choteo y el tono burlesco para referirse a sus adversarios tontos que se quejan constantemente porque la guerra es dura y el mambí no se rinde. La comicidad de sus personajes y vicisitudes no convierte a nuestra historia en menos compleja y llena de reveses.

Ilustración tomada de la página oficial de Elpidio Valdés en Facebook

Padrón nos construyó una guerra quizá feliz, sin sangre y dolor como la verdadera, aludió a la muerte jocosamente haciendo aparecer a un Weyler a quien, por suerte, solo se le extravió el cadáver de su abuelita y no le interesó ponerlo como el hombre monstruoso que en realidad fue. De otro modo, no creo que hubiese surtido semejante efecto en tantas generaciones que sienten a estos muñes como suyos.

Nunca lo he visto como un animado superior a otro del patio, ni lo hago competir con los de las grandes industrias de este género existentes en el mundo; cada uno de ellos tiene su superpoder y encanto propios. Al coronel Valdés y su gente lo arropa un poder más bien espiritual, su amor incondicional por Cuba.

Lo mío con Elpidio nunca fue obsesivo. Estuvo en las mañanas felices de domingo de mi infancia en que jamás soñé ser como él, pero quise vencer a los “panchos” y él con su tropa lo hizo por mí. Está en ciertos días monótonos de mi juventud cuando, sin venir al caso, aparecen sus frases y a uno no le queda más que dejar escapar una sonrisa. Veré si entre tanto Disneylandia a alguien en WhatsApp se le antoja tener de perfil a un pillo manigüero.

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