“Oh habla del silencio”

Alejandra Pisarnik

Por Alejandra García

La incomunicación, la deshumanización y los límites del sacrificio son los tortuosos caminos develados en La pared de las palabras, una propuesta fílmica del realizador cubano Fernando Pérez en la que nos hablan los silenciados, aquellos que perdieron su voz en un abismo de incertidumbre.

Un muro de incomprensión se erige en el sanatorio de Santa Fe donde habita la “peste a silencio”, y Luis (Jorge Perugorría) y Orquídea (Laura de la Uz) visualizan el mundo más allá de las rejas. Su pequeño universo se advierte como trasfondo de una acertada crítica a la sociedad contemporánea. Se cuestiona el concepto de lo que es “normal”, hasta qué punto son más salvajes quienes existen al otro lado de la cerca del sanatorio que los propios pacientes.

Por otra parte, Isabel Santos es el engranaje universal de la historia por medio del personaje de Elena, madre de Luis. Ella ilustra el sacrificio extremo y como una casa vieja se derrumba en silencio. Su instinto maternal la convierte en un arma de doble filo, pues la resignación y la incapacidad para comprender al hijo enfermo le impiden disfrutar de Alejandro (Carlos Enrique Almirante), su hijo menor.

La Habana, leitmotiv recurrente en los filmes de Fernando Pérez, resulta el escenario escogido para develar su historia. (Foto: Cubadebate)

También el personaje de Maritza refuerza la tesis de la incomunicación humana. En todo momento ella busca el reconocimiento de los otros; las maracas que tanto desea poseer devienen símbolo de ello. Desde la ingenuidad propia de una niña construye su ideal de familia y aboga por su derecho a amar. La relación afectiva establecida con Luis, los besos, las caricias, incluso el acto de hacer el amor, demuestran una vez más cómo la capacidad de sentir no es exclusiva de los “normales”.

El filme está narrado desde una visión realista de los conflictos y situaciones humanas propias de nuestro entorno más inmediato. Fernando Pérez logra contar la historia mediante un lenguaje que sorprende por su valentía, sinceridad y descarnado discurso existencialista. Los internos en el sanatorio personifican la catarsis de esta sociedad mezquina. La estructura dramática se construye desde una dimensión simbólica y deviene polémica en sus grados de lectura. El realizador propone una reflexión sobre la necesidad de la comunicación entre las personas, la tolerancia y el respeto, la aceptación del otro.

La Habana, leitmotiv recurrente en los filmes de Fernando Pérez, resulta el escenario escogido para develar su historia. El sanatorio de Santa Fe se presenta con la imagen de una edificación en decadencia; sus interiores claustrofóbicos y con escasa iluminación producen una sensación de ahogo y desesperación. Los reiterados encuadres de los pacientes detrás de la puerta cercada connotan en un nivel simbólico el enclaustramiento, la sensación de estar presos, no solo desde un punto de vista físico, sino desde sus propios subconscientes.

Destaca en el filme el trabajo de la dirección de arte de Erick Grass con un diseño de vestuario descolorido, sucio y desaliñado que sugiere la uniformidad, la alienación a que son sometidos los hospitalizados.

El tratamiento de los espacios fríos y claustrofóbicos con la cercanía de los contenedores de basura es signo del enclaustramiento, de la pérdida de la libertad, de la utopía; reflejan la marginalidad, el rechazo al que son sometidos quienes son “diferentes”. Estos elementos refuerzan la tesis de un filme que nos habla de conflictos pequeños, los de una familia disfuncional; hasta grandes, los de una sociedad alienada y deshumanizada.

La ambientación de la casa de Elena, unida a su aspecto demacrado, evidencia el abandono de su propia vida. La penumbra de los interiores, el mar agónico y las caóticas ruinas que bordean su hogar nos sumergen en un estado de desasosiego y nos reafirman la idea de cómo el hijo enfermo no le da cabida a sus proyectos personales.

El filme es construido sobre personajes símbolos que nos revelan los disímiles conflictos de la trama. Luis, en su empeño de sembrar un árbol, refiere el deseo de ser independiente y poder decidir sobre su propia vida; el árbol se convierte en su voz. Orquídea, con sus constantes referencias al Partido, al Socialismo y a la Revolución, desmitifica y pone el dedo en la llaga sobre la pérdida de la utopía, la esencia de una sociedad que desde el comienzo apostó por el ser humano.

Desde un tono nostálgico y un acuciante lirismo, La pared de las palabras construye una vez más un discurso autoral, crítico sobre temas recurrentes en la obra fílmica de Fernando Pérez donde el ser humano deviene sujeto protagónico y eje de sus múltiples historias.

Con la acertada fotografía de Raúl Pérez Ureta, con los primerísimos planos de los rostros desconcertados y dolorosos de los pacientes, los planos generales de edificaciones en ruinas, del sanatorio y de la propia casa de Elena, se realiza una introspección en la vida de los personajes y se hurga en el universo íntimo de estos. De igual forma, el personaje de Luis percibe el resquebrajamiento de una sociedad hostil y fría que se burla y rechaza aquello que no comprende como los trozos de hielo que observa detrás de una puerta.

Foto: Cubadebate

La deshumanización a la que son sometidos los pacientes se aprecia en muchas de las escenas del filme, ejemplo de ello es la escena en el mercado donde Luis es agredido por un cliente, o el desprecio que hacia él profesaba Niurka (Yaremis Pérez), la pareja a medio tiempo de su hermano.

Jiménez (Alejandro Palomino), el administrador del sanatorio, concibe a los pacientes como meros objetos decorativos; él es la representación del burocratismo y de la pérdida de la sensibilidad. Jiménez no puede apreciar el cuadro de Alejandro más allá de un paisaje, más allá de lo representado.

La abuela Carmen (Verónica Lynn) resulta el personaje sensato y equilibrado dentro de la historia, ella es quien recrimina a Elena por la actitud obsesiva y su relación enfermiza con Luis. Uno de los parlamentos sostenidos con su hija lo evidencia claramente:“Tu amor por Luis se tragó tu amor por los demás. Yo no sufro por mi nieto sano o mi nieto enfermo, yo sufro por ti, por ver cómo sacrificas tu vida. La vida es una sola, no la machaques”.

El personaje de Alejandro también devela los estragos de la sobreprotección extrema de Luis. Él se siente rechazado por Elena y la comunicación con ella es prácticamente inexistente; la situación del hermano enfermo lo deja huérfano de amor filial.

Foto: Cubadebate

Un mar de clavos y anzuelos en lo incierto de la oscuridad componen el cuadro de Alejandro, “pero también puede ser muchas cosas más, depende de quien lo mire”. El cuadro, personaje esencial dentro de la trama, encierra en sí mismo el deseo de comprensión, la búsqueda del entendimiento, la necesidad de expresión de aquellos a quienes tildan de diferentes. Allí donde la sociedad deshumanizada no quiere ver, no responde y obvia el hecho de que, de cierta forma, todos somos únicos, un océano en la noche será la respuesta de los incomprendidos.

La pared de las palabras resulta entonces una propuesta cinematográfica signada por un alto nivel de simbolismo que propone un discurso complejo y polemiza sobre conflictos de la actualidad. Fernando Pérez nos seduce con la destreza narrativa de una historia desgarradora pero bella en lo sutil de su lirismo. Un filme marcado por el dolor, la impotencia, la incomprensión de quienes perdieron su voz y se les prohíbe expresarse, o de aquellos que como Elena sobrepasan los límites del sacrificio. Desde una sólida estética que hablen ahora los condenados del silencio.