Los de abajo gruñen

No hay lugar más «ecuménico» en el mundo que la clínica veterinaria. Es algo así como las Naciones Unidas. Un lugar en el que, aunque todos quieran matarse a dientes, suele imperar la diplomacia. Y si digo «suele» no es casual, pues en las Naciones Unidas, como en el veterinario, siempre hay algún apasionado que no logra retener al perro –o gato– jíbaro que lleva dentro.

En la clínica veterinaria se respira la tensión de los grandes acontecimientos políticos cuando aún no están resueltos.

El ambiente es espeso, susceptible al filo de cualquier navaja oxidada.

Con los animales enfermos nunca hay lío: están enfermos. No tienen voz ni voto, solo más garrapatas de la cuenta o más años de la cuenta o menos suerte de la cuenta. Estos no se sienten; estos callan y se entregan al descanso tibio de los muslos del dueño que le pasa la mano por el casi tieso torso, como esa perra oscura y vieja con las patas estiradísimas y los ojos por completo nublados.

Aunque también se ve algún que otro en su quejumbre, como el gato de la pata mordida, que desde su escondite, en un bolso, lanza ásperos maullidos.

Pero los enfermos no son mayoría, el negocio veterinario se sostiene gracias a la profilaxis, a la «hipocondriaquez» de los dueños que quieren llenar a la mascota de vacunas y pastillas para que ni el viento los despeine.

Estos son los «peligrosos»: dueños y mascotas al mismo nivel de probable agresividad. Aquí abunda la técnica que conjuga la sonrisa con el gruñido, diplomacia y rabia, nervios de acero, furia contenida.

El tipo en camiseta que se acerca a la puerta y pregunta: «¿Ya me toca? No, es que no me avisan y no he querido entrar porque a mi perra no le gustan los gatos y yo no quiero hacerle daño a nadie»; habla así, con el tono imperialista de quien quiere un Nobel de la Paz por ser menos malo que el resto, por no cumplir las amenazas.

Y está la china del barrio, que lo escucha y refunfuña: «Él lo que no sabe es que, si su perra me muerde a los gatos, les arranco la oreja de una mordida a él y a la perra, a los dos».

Entra la parra y diplomacia, sonrisa…


En la clínica veterinaria el pitbull parece el chico bueno, porque se guarda los dientes y sonríe. Los pitbulls son políticos profesionales: saben cuando sí y cuando no. Entonces el malo es el gato, ese que parece un tigre en miniatura y que solo saca la cabeza de la jaba y gruñe como un «gato bocarriba» porque ve a los perros.

Un gruñido que parece un corte de corriente, a caballo entre el dolor, el miedo y la amenaza. Un gruñido de: «Te conozco, perro, te conozco. Si no eres el que me jodió aquel día, te le pareces bastante». Y el perro con la lengua afuera, tranquilo; «chico bueno», le dicen, «chico bueno».

Y está la señora que «ni muerta» se sienta «en ese sofá sucio», mientras su perro cojo le lame las vasculitis.

Y el gato enano que casi gritaba por salir pide con su temblorosa calma regresar a la guarida protectora, donde el pastor alemán no puede verlo, el pastor alemán que no tiene bozal, como tampoco el bulldoq ni el pitbull ni el rottweiler, porque, según los dueños, ninguno muerde.

Y la gorda suda en el sofá sucio porque tiene al perrazo en frente, suelto, que la mira… y el dueño del perrazo le da con la mano abierta y pesada por la cabeza y le dice: «tranquila, niña, tranquila», y vuelve a sonar la palma contra el cocote, que se estremece y sonríe.

«¡Qué miedo dan las sonrisas en el veterinario!», pensará la gorda, mientras un flaco que pesa menos que su perro le asegura que no tiene que ocurrir nada, «porque si no les tienes miedo ellos ni te miran» y al parecer hasta ríen y sueltan baba, como el más desvergonzado de los políticos.

Pero el gato no calla y sigue insistiendo en su denuncia. Saca los dientes y gruñe mientras los perros empiezan a hacerse los desentendidos, como quienes no entienden que en esta plaza de la «concordia» alguien abogue por la resolución no pacífica de los conflictos y que, por demás, sea el débil. «Inconcebible», murmuran, en tanto se ajustan la corbata.

Y el gato sigue… como quien grita ante todos: «fuiste tú, sí, tú fuiste».

Y el pastor alemán lo mira un instante con desprecio e inquina, como pensando: «Mira que esta revolución es grande; ayer el chihuahua y ahora tú…».

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