Martí sobre el pan

El ascenso se nos mostraba sofocante. La primera vez nunca se sabe hasta cuándo seguirán apareciendo lomas y la carretera se empinaba cada vez más con cada curva. Puede que nunca olvide esa sensación inicial de ir caminando y al mismo tiempo sentir que vas a gatas, debido el alto pronunciamiento de la pendiente por la que se avanza.

Puede que la memoria exagere; resulta casi imposible que el recuerdo asome como herramienta confiable cuando al momento que lo genera se le suman agravantes como el calor, el sol, la inexperiencia, la impresionabilidad e incluso el miedo de ser solo cuatro personas, para pasar la noche en un lugar apartado.

En determinado punto de la subida ya no se ven las palmas; van de a poco desapareciendo del borde del camino, quizás por el creciente pronunciamiento del relieve cársico.

En lo alto del pan de Matanzas –Loma del Pan, para los yumurinos– hay muchas cosas que impresionan y otras más que sobrecogen. Impresiona, por ejemplo, el avistamiento de la bahía a más de diez kilómetros; divisar, si la atmósfera está limpia, el puente de Vacunayagua; sentir en la nuca la respiración cortada de la vecina loma del Palenque; dominar con la vista el prácticamente anónimo valle de Santa Elena…

Antiguo busto de José Martí en el Pan de Matanzas

Sobrecoge el sepulcral silencio a ratos quebrado por los ventarrones; el vuelo de los querequetés que, cuando cae la noche, se lanzan de lo alto en picada y alcanzan tal velocidad, que al cortar el aire generan un ruido que hace pensar en gruñidos de perro jíbaro; la noche en sí misma.

Pero nada exalta tanto el ánimo como encontrar a Martí allá arriba. En esa primera subida, allá por 2017, encontramos un busto y varias pinturas en paredes abandonadas, que pretendían bosquejar al Apóstol y alguna que otra lo logró con cierto éxito. En ese sentido, el matancero Pan, o al menos su cúspide, podía pasar por un espacio oculto de meditación patriótica, meditación martiana.

La gran sorpresa ocurrió al siguiente año, cuando con un grupo más nutrido volvimos a buscar aquella cima. Al parecer, el huracán Irma, que meses atrás había azotado la zona, desapareció el busto. Solo las paredes escondidas en los matorrales resguardaban la estampa martiana.

Aquel segundo viaje, en el que incluso nos había sido más complejo ascender, quedaba trunco. Pero al mismo tiempo, nos dio a unos cuantos una extraordinaria motivación que se mantiene hasta hoy día: solo volver al lo más alto del pan con el Martí de piedra que merece.

No sabemos cómo, pero va a ocurrir. Aparecerá el artista que lo talle y pula, como también la fuerza colectiva que requiere el trasladar piedras en contra de la gravedad, en un entorno en que, por demás, el cuerpo parece cargado de plomo.

Lo haremos… bien porque necesitamos sentir su guía cercana, protectora; bien por la soberbia de querer que, cuando el sol se levante tras las nubes del este, sea la frente de Martí la primera piedra en iluminarse de todos los contornos.

Sencillamente Martí

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