Cuesta masticarlo. Sabe agrio, muy agrio el titular. Será, probablemente, la mayor mancha en la historia de una página web. En las oficinas de prensa de Sant Joan Despí, kamikazes por pura obligación, debieron construir la noticia y hacerla pública. Messi no seguirá ligado al FC Barcelona, pudo leer el mundo la funesta tarde de un 5 de agosto que pasará a la posteridad con semejante cartel. Y para que el bofetón fuese realmente doloroso, le situaron delante la palabra más dura: Oficial.

Barcelona tampoco lo digiere todavía. Al menos la Barcelona culé, que es mayoría. Su mejor jugador dice adiós. Su imagen. La corona del escudo. La quintaesencia de su fútbol y el máximo dignatario de sus valores. Aquel crío que llegó enano y ahora recoge los bártulos para irse gigante. El pibe que habla con la pelota en cualquier plaza y tira solo del carro porque el talento se le cae de las botas.

Pudieran decirse mil cosas para ensalzar al genio y ahí, bien conservadas en la memoria del barcelonismo, están todas las imágenes de una trayectoria excelsa: desde que correteaba en las canchas infantiles de La Masía hasta las decenas de tropelías de mayor en las catedrales del fútbol europeo.

Uno de los grandes, de los que nunca se irán realmente.

Messi. Cinco letras que lo dicen todo. Un casete de imágenes que llegan como disparos. Los jugadores del Getafe enterrados como conos ante cada recorte de un gol maradoniano… o messiano. La moral de Boateng destruida con un recorte en el área del Camp Nou. La camiseta estirada en las narices del Bernabéu. Los tiros libres con efectividad marciana. El triángulo cuasi perfecto con Xavi e Iniesta. Los millones de aplausos de un graderío que jamás amó a nadie así.

No, Messi no se va. Expira un contrato y deberá regalar algunas de sus jugaditas en otros lares. Llamémosle solidaridad. Porque Messi, en el fondo, no es únicamente aquel tipo que lleva el 10 en la espalda y vuelve locos a todos los defensores. Messi, en el fútbol, es un movimiento enorme que arrastra a las masas como una religión. O un partido político. Un sentimiento, más que una persona. Sin caer en demasiada palabrería: la realidad, en este caso, es así de romántica.

Y eso nada lo podrá borrar. Ni los fajos de billetes que faltaron para llenarle los bolsillos ni el dichoso autorizo de La Liga para blanquear la peligrosa jugada económica de su renovación. Toda esta hojarasca mancharía lo importante, que es el idilio perenne de un jugador con el club que ama. Parece un deja vú de par de años atrás, cuando el Bernabéu quedó huérfano al partir Cristiano y se fracturó una época marcada por el duelo más encarnizado entre culés y merengues.

No dejaremos de verlo jugar, eso es seguro.

Ahora resta despejar el signo de interrogación en todo este esquema matemático donde suele ganar aquel que más pasta ponga encima de la mesa. Y aquí aparecen los magnates del petróleo y los clubes forjados con el presupuesto de Estados. ¿PSG? ¿Manchester City? ¿Juventus? ¿Chelsea? A estas alturas, solo importa conocer cuál de los torneos ligueros continentales tendrá un nuevo argumento para atrapar a millones de seguidores.

Ese es el fútbol moderno. Y aun así, en otros campos conocerán una versión ajena de Messi. Llámenme loco, pero este 5 de agosto murió definitivamente un período de la historia que no encontrará segunda parte. Ni en Turín ni en la lóbrega Manchester. El fútbol desprende una hermosura sin parangón como deporte, pero solo lo ama quien entiende su parte humana. Por eso digo que, aunque quiera, Messi no se va.