transformista

Metamorfosis

Un haz de luz en el centro del escenario delimita una figura femenina que se mueve lentamente al compás de la música de la gran Rocío Dúrcal. El vestido blanco impoluto con volantes va acompañado de unos altísimos tacones que maniobra como si fueran una parte ineludible de su vida. La larga cabellera lisa y oscura, recogida en un moño con adornos azules, llega hasta sus artificiales caderas de mujer. Una mano, coquetea con un abanico; en la otra, el micrófono se erige como una prolongación de su alma artística.

Una hora antes del espectáculo, en un cuarto —el camerino— que no excede los tres metros cuadrados, con un pequeño espejo acomodado a sus necesidades, comienza la transformación. La mesita de la que dispone se llena en segundos con un montículo de maquillaje de todo tipo. Su pelo natural es rizado. Lo ha dejado crecer por años. Quizás por la profesión, quizás por gustos personales. Aun así, continúa usando pelucas, aunque a veces en el medio del escenario se deshaga de ellas para dar rienda suelta a su cabellera.

En esa hora, que pudieran ser años, sucede la metamorfosis. Capas y capas de cosméticos disfrazan sus rasgos masculinos y la barba casi imperceptible. Todo se torna exagerado, desde las larguísimas pestañas postizas hasta los exuberantes colores de las sombras que enmarcan sus ojos. En un lapsus de cinco minutos deja de tener el cuerpo de un hombre gracias a los complementos especiales que le aportan glúteos, caderas y senos, al más puro estilo de los patrones femeninos de belleza occidental.

Empieza a pintarse las uñas pero la tarea se torna imposible, le tiemblan tanto las manos que derrama la pintura. Confiesa que los nervios lo invaden, siempre es lo mismo cuando sale a actuar, aunque lleve más de 20 años de experiencia; pero una vez en el escenario todo lo demás se olvida y la entrega es máxima.

Se avecinan los últimos retoques, los gestos apurados, las comprobaciones del vestuario, las miradas fugaces al espejo… finalmente emprende el camino hacia el centro del escenario. Ya no es Gilberto Díaz Rodríguez, ahora es Rocío de Triana.

Numerosos artistas del transformismo cubano se presentan en centros nocturnos como el cabaret Las Vegas.

Soy transformista

—Yo soy transformista —así se define Gilberto.

Era solo un niño cuando supo que quería cantar. Sueños de muchacho, quizás. Tomaba a escondidas la ropa de su mamá y cantaba dentro de la casa con la radio puesta. Comenzaba así un proceso de transmutación instintivo en su vida, una ilusión que se fue acrecentando con el paso del tiempo y llegó a convertirse en una de sus grandes pasiones.

A pesar de la ausencia de profesores especializados o una guía artística sólida, decidió actuar en público, pero no como hombre, «quería imitar a las artistas mujeres». En 1992, aún en su temprana juventud, realizó sus presentaciones, pero estas incipientes puestas en escena solo se limitaron a sus amistades más cercanas. Ds años más tarde devino el estreno profesional.

Su gran amor llegaría tiempo después… su eterna compañera de vida. Cada viernes en la noche, en el cabaret Las Vegas, ubicado en la céntrica avenida de Infanta de la capital, Gilberto abandona su ser por unas horas y se lo entrega a ella, como quien da el alma en un desesperado acto de afecto. Rocío de Triana —inspirada en la diva de divas, Rocío Dúrcal— aparece en escena con la frescura y el carisma que la caracteriza. Se mueve en todas direcciones, abarca al público casi en su totalidad y los envuelve en su arte.

Pero toda gran historia de amor tiene sus demonios. Aunque el transformismo es considerado a nivel mundial como un arte, las personas que se dedican a ello, en especial los hombres, han soportado todo tipo de prejuicios y estereotipos.

La investigación Lo más divertido de ser hombre es ser mujer, de Paola Álvarez Moreno, establece que los transformistas se pueden definir como artistas del género. «Se apropian de símbolos femeninos, personifican algo que se ve, pero que no (necesariamente) se siente ni se es: alteran su identidad física (…) es una transformación temporal hacia roles (ya sean femeninos o masculinos) en unos espacios lúdicos determinados. Esta práctica artística se lleva a cabo gracias a la labor de estos individuos que trabajan sobre diversas expresiones de género, las interpretan, reinterpretan y les dan vida propia». Esta expresión artística no escapa de ser un tema tabú en la sociedad cubana actual, otras tantas veces incomprendida y menospreciada

Los años 90 fueron tiempos difíciles, no solo por la cruda situación del período especial, sino también por los valores moralistas reinantes en aquel momento. Si ser gay en un espacio personal ya era mal visto, vestirse de mujer en público resultaba casi una aberración a todas las leyes habidas y por haber. A las afueras del teatro o cabaret donde Gilberto actuaba siempre había gente. No formaban parte del público que iba a consumir arte. Su único fin era insultar, agredir… «Gritaban horrores».

El rechazo familiar se hizo evidente y tajante. Al principio, todo sucedió a escondidas por miedo a las repercusiones. Con el tiempo, la mamá cedió un poco.

—Nunca lo celebró —advierte— aunque lo veía normal hasta cierto punto.

Los dos hermanos varones lo desaprobaron por completo. Aún lo siguen haciendo. No es lo que imponen los estándares patriarcales de masculinidad. Aunque eso nunca le ha importado mucho.

Gilberto ya tiene 45 años. Vive con su pareja. Su casa es acogedora. Un pequeño camerino del gran espectáculo de su existencia. En la pared de la sala se encuentra colgado un cuadro de Rocío Dúrcal. No podría ser de otra manera. Esta allí, como si fuera de la familia o una santa a la que venera.

El escaparate del cuarto tiene más ropa de Rocío que de cualquier otro habitante de la casa. Tanto y tanto el vestuario forma un bulto enorme encima de la cama y aun así el clóset parece no vaciarse nunca. En su mayoría son vestidos de noche, al estilo Hollywood, con colores despampanantes, lentejuelas y un montón de accesorios. Cada uno tiene su pedacito de emoción, desde quién lo regaló hasta las presentaciones donde se exhibieron. Constituye la historia de ambos, la caracterización de un personaje que forma parte de su vida. Mejor dicho, es su vida.

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