«Primero, el piyama verde; luego, las botas de tela que cubren los zapatos. La bata de nailon, tela o escafandra, el gorro y los guantes vienen después. Por último, la careta y el nasobuco (doble quizás). ¡Listo!» La zona roja los espera. 

Así ejecutan, una y otra vez, aquellos que por deber o voluntariedad llegan más allá de la zona verde y naranja para trabajar. ¿Trabajar? Mejor dicho… luchar contra el virus más mortal en años. Ella, como tantas, es una de las protagonistas “anónimas”.

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Diana Iris Zamora Loyarte, con apenas 26, es Licenciada de Mircrobiología, desde hace tres años. La Universidad de La Habana fue su alma mater, pero la Facultad de Biología “su amor”, como le gusta decir. Mas, ¿qué tiene que ver ella en todo esto?

Resulta que Diana es una de las muchas mujeres cubanas que no han dudado en decir “aquí estoy” ante cualquier tarea. Esta vez, la Covid-19 llegó para hacerlas lucir aún más. 

Diana Iris es una de las biólogas que participan en las labores de enfrentamiento a la COVD-19 desde los laboratorios. (Foto cortesía de la entrevistada)

He participado en varias faenas de impacto como el llenado de frascos con hipoclorito para repartir a las farmacias en la capital, asistencia a profesores de la Universidad en edades de riesgo y el diagnóstico de muestras sospechosas a Covid-19 mediante PCR en el IPK.

Valiente, joven, osada, ofreció sus conocimientos al servicio de la vida. Tras la necesidad de aumentar el número de muestras analizadas diariamente, solicitaron voluntarios a la Facultad de Biología. «Desde el primer momento di el paso al frente y en el mes de julio me llegó el turno de incorporarme a esa tarea». Si bien todas son de gigantesca importancia, esta, en particular, adquiere cierta notabilidad. 

Las guardias eran 24 horas en los laboratorios y 72 horas de descanso en la casa. Fueron jornadas difíciles porque coincidió con el momento del rebrote en las provincias centrales y nos llegaban miles de muestras diariamente.

Diana Iris trabajó en el análisis de muestras de PCR, entre otras tareas. (Foto cortesía de la entrevistada)

Ella trabajó en el laboratorio de extracción de ARN (Ácido Ribonucleico). «Allí, “forrados”, estábamos aproximadamente seis horas sin salir del laboratorio, luego íbamos a almorzar o comer, para lo que teníamos cerca de una hora».

La madrugada, como en los tiempos de estudiante, volvía a convertirse en cómplice de sus hazañas, pues el horario de trabajo en ocasiones se extendía hasta las 7 am.   

¿La vivencia? «Me ha marcado fuertemente». Relata que logró poner en práctica los conocimientos y, además, aprender a trabajar en equipo en momentos de crisis. Y es en situaciones complejas que relucen los verdaderos sentimientos del ser humano. Elemento que en ella y otras mujeres y hombres ha podido palparse. 

Hoy, Diana repite la historia. Con más experiencia en la labor e igual decisión, acudirá al nuevo llamado. Esta vez fue el centro de Inmunología Molecular el portavoz de la necesidad.

Dentro de poco debo incorporarme al Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí para la realización de PCR en sus laboratorios.

Próximamente Diana Iris se incorporará a analizar muestras de PCR en el IPK. (Foto Cortesía de la entrevistada)

En muchas de las tareas de impacto ellas no solo han estado presentes, sino que se han hecho notar. Por tan solo un ejemplo, «en mi turno de guardia eran 15 o 20 mujeres, sin contar las otras guardias y las jefas de laboratorios», afirmó orgullosa Diana. 

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Cruzan la línea. Recorren el camino de vuelta. Entran a la sala de desinfección. Vuelve a retumbar en sus mentes: «primero, las botas. Cloro. Segundo, bata y guantes de un tirón. Cloro. Tercero, careta. Cloro. Cuarto, hacia adelante, los nasobucos. Cloro. Quinto, el piyama. Dentro de unas horas, a volver a empezar…» Son mujeres de ciencia.