No es piropo, ¡es acoso!

Tenía 13 años en aquel momento. Eran las siete de la mañana del horario de invierno, por lo cual la calle aún estaba en penumbras. Caminaba, junto a dos compañeras de aula que vivían cerca de mi casa, rumbo a la secundaria. Un hombre de unos cuarenta años y visiblemente borracho se abalanzó sobre nosotras articulando todo tipo de palabras obscenas y sexuales.

Acto seguido comenzó a desabrocharse el pantalón mientras continuaba gritándonos. Las tres corrimos sin parar hasta que el cansancio nos detuvo. Ya no nos seguía, estaba demasiado ebrio como para alcanzarnos. Esa fue la primera vez que sufrí de acoso callejero. Repito, tenía 13 años.

La adolescencia y temprana juventud no fueron muy afortunadas en ese sentido. Más de una vez me “tropecé” con comentarios explícitamente sexuales, señales y gestos totalmente fuera de lugar, miradas fijas e incómodas al pasar e incluso algún que otro atrevimiento de sostenerme las manos.

Hace más un año, mientras aguardaba junto a una amiga la llegada de un entrevistado en el parque de H y 21 en el Vedado, un hombre sentado a unos metros de nosotras se masturbaba a la luz pública.

En el acto nos observaba y pronunciaba incoherencias que afortunadamente no llegamos a escuchar. Justo en ese momento llegó nuestro invitado. Ante la presencia de un hombre en el grupo se alejó inmediatamente.

Espacios (in)seguros para las mujeres


Lorena Díaz iba caminando alrededor de las 8:00pm hacia casa de su novio. Un hombre borracho le cortó el tránsito y le impidió pasar. Estaba asustada, los nervios le dieron por quedarse quieta mientras las piernas le temblaban y las fuerzas abandonaban su cuerpo. Estaba en shock.

Esta persona comenzó a abrazarla. Repetía constantemente « ¡mami qué rica estás, qué buena!» mientras le manoseaba las nalgas, la cintura y la olía de un modo repugnante. Ella solo atinó a decir: « por favor, no me hagas daño». “El hombre se separó de mí, siguió andando como si nada y yo salí corriendo”.


El simple acto de caminar por las calles de la ciudad se convierte, en ocasiones, en una verdadera odisea para las mujeres. Todas en algún momento hemos sido víctimas de un tipo de violencia sistemática y naturalizada en la sociedad: el acoso callejero.

El Observatorio de Igualdad de Género de América Latina y el Caribe, explica en el artículo Acoso sexual en el espacio público: la ciudad en deuda con los derechos de las mujeres, que la salida de las féminas al ámbito público ha sido un avance en su autonomía, sin embargo, viven sus desplazamientos de manera desigual.

“Además del miedo al robo o el asalto, está el temor a la violación o al secuestro, y se encuentran expuestas a una forma de violencia cotidiana que se expresa en palabras, sonidos, frases que las menoscaban, roces o contactos corporales y abuso físico que tiene efectos específicos negativos sobre el modo de vivir la seguridad en la calle”.

Las ofensas verbales, gestos físicos, exhibicionismo y voyeurismo constituyen las prácticas más comunes en el espectro de la violencia ejercida en los diferentes espacios públicos, sin embargo sus formas más extremas incluyen la violación y el feminicidio.

Patricia Gaytan Sánchez, profesora del Departamento de Sociología, de la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco, expone en su investigación El acoso sexual en lugares públicos que este es un componente invisible de las interacciones cotidianas, que afecta las vidas de muchas personas, pero del cual se habla muy poco.

“La brevedad de su duración, así como la forma velada en la que muchas veces se presenta, disfrazándose de halagos, susurrándose al oído o confundiéndose en la multitud, lo hacen aparentemente intangible”.

Por su parte, ONU Mujeres refiere que el acoso sexual y otras formas de violencia contra las mujeres y las niñas en los espacios públicos “existen en todos los países, tanto en las zonas rurales como en las ciudades, e incluso en los espacios virtuales”, afectando a su desarrollo social y económico.

Es una batalla diaria. Quizás resulte exagerado, pero no lo es. Estar constantemente sometida a experiencias de este tipo provoca inseguridades y miedos invisibles ante un panorama de supuesta normalidad y seguridad en nuestras calles.

No es nuestra culpa

Como cada mañana Nadine Manzanarez cogió la guagua para ir al trabajo. En el transcurso del viaje, el ómnibus se llenaba más y más. Un muchacho bastante joven se coloca detrás de ella y se pega una y otra vez. Al principio todo parecía “normal”, el ómnibus iba repleto y aparentemente no había espacio para reacomodarse, por ello no le prestó mucha atención.

Todo se fue agravando, sentía lo que claramente era una erección. No bastaron sus miradas de disgusto e incomodidad, ni los intentos por ponerse en otra posición, finalmente no aguantó más y lo empujó. “Nunca pensé que una persona tan joven e incluso bien parecido fuera capaz de hacer ese tipo de cosas”.


La violencia contra las mujeres forma parte de un andamiaje histórico-cultural cimentado estructural y simbólicamente en la sociedad. El patriarcado tiene muchos demonios y uno de los más peligrosos es naturalizar la intimidación.

En el imaginario colectivo aún continúan arraigados pensamientos extremadamente machistas en los cual la mujer se erige como culpable del acoso, el abuso y las agresiones sexuales en sus diversas manifestaciones. Alusiones al tipo de ropa, la “provocación” e incluso la hora en que se encuentran en la calle son “justificaciones” hacia la actitud ejercida por los abusadores.

ONU Mujeres, declara en el artículo Dieciséis maneras de enfrentarte a la cultura de la violación, que las creencias que fomentan este tipo de prácticas tienen su origen en algo tan idiosincrático como el idioma. “Iba vestida como una puta. Lo estaba pidiendo”, es uno de los planteamientos más repulsivos para defender este tipo de prácticas.

“En la cultura popular y los medios de comunicación se ha normalizado el hecho de cosificar e insultar a las mujeres (…) cómo viste una mujer, qué y cuánto ha bebido y dónde se encontraba en un momento determinado no son invitaciones para violarla” ni para ejercer cualquier otro tipo de violencia contra ellas.

Esta organización de la ONU, la cual lidera la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres, asevera que dicha realidad reduce la libertad de circulación de las mujeres y niñas. Limita su capacidad de participar en la educación, el trabajo y la vida pública. Dificulta su acceso a servicios esenciales y el disfrute de actividades culturales y recreativas, afectando negativamente a su salud y bienestar.

Continúa diciendo que a pesar de la existencia de un amplio reconocimiento de estos patrones en el ámbito privado y en el lugar de trabajo como una violación de los derechos humanos, a menudo se pasa por alto el acoso sexual y otras formas de violencia contra las mujeres y las niñas en los espacios públicos.


Katia Fernández y Elaine Barbón se dirigían hacia el pre universitario Raúl Cepero Bonilla como de costumbre. La escuela queda a unas 15 cuadras de sus casas, así que conversaban y hacían chistes para hacer más ameno el trayecto. Un hombre pasó por su lado y le dijo a una de las muchachas que le practicara sexo oral a cambio de dinero.

No supieron que hacer. La calle estaba desierta a esa hora de la mañana. Ante el nerviosismo causado por la situación, apuraron el paso para llegar lo antes posible a la escuela, a salvo.

Por otro paraje del municipio 10 de Octubre, Amanda Serrano caminaba hacia la Ciudad Deportiva y un hombre comenzó a seguirla por aproximadamente una cuadra. Cada vez que miraba para atrás me hacía gestos con la lengua y otras señales obscenas. “No se llegó a acercar a mí en ningún momento pero fue muy incómodo. Me sentí acosada”.

Deja un comentario