Muchos se detienen al divisar la estructura, ponen su mejor boca de pez ante la cámara frontal y presionan el obturador.

Hay quien dice: “¡Qué lindo! La tuerca y el tornillo encajan” o “Mira aquello, están en el mismo asiento y no logran percatarse de que tienen justo al lado lo que buscan, lo que necesitan”. Esas ideas resultan válidas, pero superficiales.

Ayer, después de mucho pasar y ver, descubrí que el presunto banco no es tal pues ninguna parte de él tiene contacto con el suelo. El listón de madera solo se sostiene gracias a las piernas de la “encajable” pareja. Si uno de ellos se marchara, el madero caería por su propio peso.

Quizás la tabla no es banco sino yunque, y a ratos, mientras el tornillo permanece en su inmóvil cavilación, la tuerca observa hacia atrás y piensa si valdrá la pena dejar caer el banco. “La madera es cara y valiosa”, se dirá. “¿Pero acaso tiene que doler?”.

Son de hierro, sí, pero en esta vida ni el hierro se salva y ellos decidieron sostener su “banco” a pocos metros de un río, a merced de la intemperie, con lluvia, sereno, salitre, polvo, suelas, colillas, botellas de ron y ellos se oxidan.

Tal vez para salvarse tengan que buscar un sitio bajo techo donde no termine siendo tan complejo estar unidos por una tabla y mantenerla. Puede que para tocarse y levantar cabezas, para que la tuerca y el tornillo vuelvan a acoplarse y ser felices, resulte necesario inventarle patas al madero y que este sea, por fin, sitio de apoyo y no calvario.

Sin embargo, como van las cosas, la obra de Pedro Luis Cuéllar dentro de poco se irá al carajo.