Paradoja (II)

Se desconoce si algo lo espanta o lo incita; lo que nadie puede negar es que se trata de un acto desesperado. Las muletas son el símbolo del dolor, de la necesidad, de las cadenas que atan el cuerpo –la vida– a la estancia sedentaria, al poco a poco; representan el “no puedo, aunque quisiera”.

Salir corriendo es sacar la lengua a lo que se abandona, tal vez un martillazo a las presuntas cadenas, desafiar las probabilidades, los consejos y apostar a la velocidad; gritar a los ensimismados del mundo que “mi voluntad y mi mente son más fuertes que el triste dolor de mis canillas truncas”.

Pero resulta solo una actitud. Por eso la escultura muestra al hombre en el momento de arrancar, con las muletas en las manos, y no lo que hubiese ocurrido segundos después, cuando los palos se encontrasen regados por un lado y, por otro, el sujeto “herrado” en el suelo, vencido por el bochorno y la neuralgia, mientras la vida (como concepto universal) continúa.

¿Será culpa de la propaganda, de las furias, acaso de necesidades históricas o de tensiones circunstanciales? ¿Habrá poesía en abandonar las muletas aun sospechando la fatalidad?

No importa. Los pelotones suicidas siempre han existido y seguirán haciendo falta.

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