Pequeños apuntes sobre la ética

Por: Mario Ernesto Almeida

Los bárbaros se preocupan por vencer. Luego de quemar sus naves, hallan la dicha en el gesto derrotado del contrario, en degustar las miradas rastreras del humillado, en saborear la fría brisa de las cumbres y, fundamentalmente, en saberse allá arriba como burda demostración de poder. No suben, derrumban a sus rivales y con eso les basta.

Los buenos, por su parte, prefieren convencer. Han comprendido que el enemigo no radica en la mujer o el hombre sino en aquello que los mueve. No segregan, juntan. Intentan apretar el puño, no para golpear sino para sostener la mano del rival y ayudarlo a crecer.

Buscan tributar a la sabia espiral de la dialéctica, esa que nos hace pensar en lo venidero como un potencial futuro mejor, que nos asegura que la última palabra no está dicha y que la casa más grande y fuerte es aquella que se construye con la mayor cantidad de manos amorosas, siempre amorosas; ay de los que caigan en las fauces del rencor.

El rencor es mala hierba que crece cada patio. Es impulsivo, carroñero, de chancleta. Ataca con la misma piedra que le tiraron y luego dice: “¡Qué asco esa gente que recurre a las pedradas!”. La mala hierba se arranca. 

Cuando alguien pronuncia la palabra ética, se ha de pensar de inmediato, cual si se tratase de un reflejo nervioso, en la quinta definición que la Real Academia de la Lengua Española ha emitido en su intento de fundamentar la semántica del término: “Parte de la filosofía que trata del bien y del fundamento de sus valores”.

Ergo, ser ético podría resultar la manera rebuscada de saberse bueno, a pesar y por encima de todo. La ética, lancémonos a teorizar, podría postularse como el punto culminante de la bondad. Por estos días, suele caminar con mayor facilidad entre nosotros como una palabra esdrújula de cinco letras… pero de lo otro nada. ¡Hasta siempre, forastera!

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