Por Fidel y Maradona: juguemos limpio

Este miércoles, mientras caminaba por la siempre rica Habana Vieja, un señor gritó, como si desmenuzara un cávala, que “Hoy, 25 de noviembre de 2020, se murió Maradona y, exactamente cuatro años atrás, desapareció Fidel”. Acto seguido, tanto él como su interlocutor, guardaron ese silencio del “solavaya” mezclado con “¡qué cosa, tú!”.

La jornada había transcurrido entre solemnidades. La mayor: aquella guardia honorífica en la escalinata que tanto recordó a las desarrolladas a la  sombra de la estatua compasiva de los brazos abiertos, allá en 2016.

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Tiempos aquellos de una épica voraz. La Habana indetenible se mostraba al morir los escalones, mientras la gente, en su ajetreo de siempre, pasaba y observaba hacia arriba para, luego, hacer preguntarnos el cómo sería ver lo que hacíamos desde afuera.

Amigos que tenían responsabilidades en la dirección de la FEU, recuerdo que llegaban a la residencia estudiantil destrozados, porque la generación de actividades e iniciativas resultaba tan vertiginosa que apenas daba tiempo detenerse un instante para bajar por el esófago un vaso de agua. Marchas, peregrinaciones, carteles, gritos, fotos, llantos, rizas, cuentos, tonos extranjeros en la plaza, euforias, tristezas… esa fue, como dijese el caricaturista, La Habana post Castro.

La guardia de honor se desarrolló por varios días. Muchos la repetimos, no porque fuese obligatorio, que jamás lo fue, sino porque estar agarrando una bandera en la que crees durante diez minutos, sin mover prácticamente un músculo, cuasi firmes… en honor a un hombre que hizo a muchos creer en ella, recalaba en orgullo. Y La Habana entera nos vio.

Este miércoles teníamos una enorme tarima montada enfrente por lo que, deduzco, no se trató de una demostración muy visible del afecto. Y qué bueno eso… en ocasiones, el luto y el sentimiento en general demostrado de forma discreta y sin rimbombancias dialoga bastante sobre la sinceridad de quienes lo proyectan. Quizás una bocanada de martianidad con aquello de ser bueno porque sí.

¿Qué pasa por la mente cuando se está, ya en postrimerías de año, sosteniendo un décimo de hora la bandera a la intemperie? Pienso que, de manera literal, palomas.

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Muchos pensaron que la trágica noticia de la muerte de Diego Armando opacaría de forma alguna las recordaciones de Fidel. Muy al contrario, los dos acontecimientos se han entremezclado para hacer del 25 de noviembre, de este y de los que vengan, una fecha cada vez más de culto; el día en que se recuerda, por cuanto hicieron en vida, a dos hombres insuperables en sus respectivas maneras de jugar.

Fidel y Maradona hilvanaron una cercana amistad durante años.

Las imágenes llenaron cada recoveco de las redes. Primero por separado… el botudo con barba y gorra mirando al horizonte, nadie sabe si lejano, o con leve sonrisa y dedo de oratoria altivo; el Pelusa en su cancha, mordiéndose la lengua antes de maltratar el balón o pidiéndole prestada a Dios la mano para recuperar las Malvinas, o por lo menos la vergüenza, frente a una portería.

Poco después, aparecían las instantáneas en que los dos se miraban o se espantaban un abrazo o disertaban sobre algo, como para que no queden dudas de que Fidel y Diego militaron en el mismo equipo, ambos zurdos “desagradables” y empecinados en el gol… siempre en el gol.

También para que nadie olvide que cuando la vida cometió infracción sobre uno –y, mire usted, a esa no hay árbitro que le saque roja– el otro se acercó como viejo lobo amoroso, lobo padre, le dijo “vamos” y lo ayudó a levantar.

El 25 de noviembre no será nunca el día de los tristes decesos sino la fecha de las reivindicaciones; un día –si lo decimos breve– para jugar un poco más limpio e intentar hacer de la cancha, contra rivales enormes y poderosos dueños de clubes, un lugar mejor.

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