Saturnina era severa, apasionada, explosiva. La historia de Cuba que enseñaba la había calado tan profundo, que se advertía en su decir cierta familiaridad con cada personaje. Era como si llevara el machete al aula y lo utilizase como puntero y tiza. Por el filo de ese hierro ha pasado lo mejor y más doloroso de la historia de este país y nadie mejor que aquella negrísima profe lo sabía.

Resultaba difícil advertir en ella paños tibios: o te criticaba con todo o te bañaba en halagos. Cuando se pasaba de la raya en lo primero, llegaba al día siguiente y pedía disculpas en público, mientras le tiraba con el rayo a aquel que, tras ganar su admiración, se confiaba con la asignatura. A quienes les decía “Doctor”, “Maestro”, “Licenciado”, “Máster”, les exigía como tal.

Aún viene a la mente aquella antesala de evaluación escrita cuando, entre “saquen los papeles y recojan la libreta”, gritó en dirección al fondo: “Rojito, si te agarro soplándole al de al lado vas a saber lo que es bueno”. Risas.

También recuerdo que más de una vez interrumpió la cadencia de sus exposiciones para, con repugnancia, tragar la sangre de algún vaso que le reventara en la boca, debido –confesó una vez– a la enfermedad que padecía.

Así eran nuestras clases de Historia durante el duodécimo gado: lecciones de ímpetu, de respeto, de temperamento. Saturnina era como la historia misma: cargada de fuertes matices, pero buena, noble, implacable y limpia.

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Tere parecía de azúcar, una madre tierna que intentaba guiarnos por el difícil sendero de evadir los líos. De ella vinieron los primeros elogios y los primeros regaños, correspondientes a su vital papel de profesora guía, como también las primeras clases de Cultura Política.

Mientras impartía, adoptaba un balancear nervioso de su cuerpo: dos pasos hacia adelante, dos para atrás, al costado, pizarra, dos pasos… Luego decía: “A ver” y señalaba al estudiante.

Mientras escuchaba, unía sus manos a la altura del pecho y apuntaba con sus ojos claros, no para decir está bien o mal, sino en pos de entender cada idea que a tientas veía la luz entre nosotros e intentar completarla u orientarla, a base de sugerencias y preguntas.

Ese fue uno de sus méritos, preguntarnos en lugar de imponer, sembrar las dudas y cultivarlas como un bien preciado y justo de la inteligencia. Tere nos puso a la puerta del impresionante mundo de la filosofía, de aquello que inolvidablemente enunciaba uno de los libros de la asignatura en su mismísimo título: El oficio de pensar.

Entre las primeras tareas estuvo buscar imágenes de Marx y Engels. En esos tiempos carentes de Internet, quizás donde único se podía encontrar aquello era en bibliotecas y librerías. Unos cuantos terminamos llevándonos de esos lugares algo más que la fotografía escaneada.

Enseñar es eso, un juego geoestratégico y sublime, una manifestación seria y maternal del afecto. Tere lo sabía.

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Fotos: Mery Carla Fuentes González

Yamila fue la primera periodista que conocí en mi vida. Allí estaba ella: sarcástica, aguda, perspicaz, coherente… dando una asignatura de nombre raro y eufemístico, como tantas cosas, que a ojos de todos siempre se trató de la vieja Historia de Cuba.

Sus clases fueron nicho de discusiones acaloradas. Podía empezar hablando de lo que fuere; el tema siempre se iba a desplazar a la actualidad. Ella nos escuchaba, ripostaba, ponía cebos, trampas… y ese debate resultaba sabroso a la altura de aquel décimo grado en el que se es torpe y atrevido por encima de todo, pero donde falta un mundo por verter dentro de la cabeza.

A veces llegaba al aula atormentada con sus problemas del periódico y, en algún momento de la polémica que por ley natural aparecería, nos contaba de burocratismos, de incomprensiones, de injusticias, de cobardías, de oportunismos, de los que a cada nivel se creen dioses cuando, en efecto, son tan mortales como cualquiera de nosotros. En el receso, continuaba la bronca.

Apenas llegaba colocaba la grabadora sobre la mesa. Muchos decían que era para grabarnos. Una vez alguien le espetó que solo hablaría si quitaba “eso” de ahí y ella, con la ironía airosa y juvenil que la caracterizaba, se quedó medio sorprendida, para segundos después, entre risas y ante la cara inquisitiva de unos cuantos, confesar que solo la tenía para saber la hora.

Aquella estampa suya de alguna manera me enamoró. Tres años después, pasadas las pruebas de ingreso, la encontré en una esquina y conversamos de manera fugaz. Le dije que había pedido Periodismo gracias a ella. Se puso la mano en la frente y soltó: “Por tu madre, no me eches a mí la culpa de eso”.

Tiempo después supe que dejó la profesión, que los demonios de la burocracia y la escasez pudieron más que ella. No lo acepto. Y cada rato la cuelo, sin decirle nada, a trabajar en mi redacción de ensueños.

https://qvaendirecto.com/2020/12/22/quien-se-acuerda-de-sus-profes-del-pre/