Un joven director de cine, mexicano por demás, me confesó que para idear sus guiones recurría a la constante técnica de preguntarse “¿Qué recuerdo?” o formular como pie forzado “Me acuerdo de…”. Este ejercicio, dijo, lo desarrollaba a cualquier hora y, de inmediato, anotaba en un blog la respuesta de su subconsciente.

Hoy, como otras veces, adopto su consejo y lo que a mí llega son los profes del Pre. ¿Quién más se acuerda ellos? Pregunto, no como retórica sino en busca de respuestas. 

Quién se acuerda de Gilda, la de Geografía, que recorría a diario, en ida y vuelta, los verduzcos kilómetros de la carretera intermunicipal. Gilda, que jamás levantó la voz a los indisciplinados que a injusta hora todos fuimos y solo se acercaba y decía, como sentencia universal: “el que se entretiene pierde”.

Gilda, que a la hora de llenar un registro de notas o brindar su opinión, no se basaba en las inmadureces de turno sino en el contenido legítimo que cada estudiante, con sus características, dejaba escapar ante ella. 

Nos decía que la Biblia era un libro importantísimo que todos debíamos leer –ella lo había hecho ya cerca de cuatro veces, aunque no era devota– porque de alguna manera formaba parte ineludible de la historia humana y enseñaba sobre nuestras costumbres, idiosincrasia, reacciones, hábitos, sobre esencias que viven dentro del hombre y la mujer milenios hace.

Quién se acuerda de Brise, de sus clases de física y su leve dislalia al abuzar de la zeta. La irreverente que sabía que fumar en un baño de escuela con 16, 17 o 18 años no es una creación de los nuevos tiempos y cuando agarraba a alguno –me dijo un día cierto fugitivo de esos lances–simplemente decía: “te cogí… déjame encender, anda”.

Tenía –tiene– los ojos grandes y una melodía rara/hermosa a la hora de dar clases. Tuvo también, cuando quiso, un pelo violeta que jamás resultó motivo de ridículo ante sus estudiantes; todo lo contrario, fue el vivo ejemplo de que en esta vida hay que ser uno mismo y, como bien confesaba sin tapujos, no se puede comer tanta mierda.

Víctima de una silla de tres patas que se precipitó sobre su dedo pulgar del pie, soltó una interjección adolorida, agarró el mueble y lo lanzó por la ventana… en plena clase, desde un segundo piso. Silencio incómodo de todosy, al unísono, de golpe, salieron las risotadas nuestras, secundadas por la risilla nerviosa suya, aún neurálgica. Pidió perdón y continuó, cojeando, su conferencia.

Quién se acuerda de Mirtica y de sus matemáticas “caractosas”. Mirtica, que cuando tenía que dar resolución a un ejercicio se apoderaba de toda la zona delantera del aula, como si fuese coreografiada aquella armonía entre los papeles de la mesa, la tiza, la pizarra, sus pequeños saltos, su mano y voz.

Mirtica, que a veces perdía la paciencia y lanzaba un “niiiiiiiño” ronco y “alarídico”, complementado por un toque fuerte a la meza y quizás secundado por un “te vas”. No buscaba alarde personal de ninguna especie; cuando enunciaba nuevos teoremas, cazaba con la vista a quienes la seguían ansiosos y, al llegar a la parte más importante, fuese en el medio o al final, les vociferaba a cualquiera de ellos: “¡Dilo!” y la respuesta del otro era porción indispensable y feliz de su bien medido poema matemático.

Cuando alguien se acercaba a plantearle un problema o preocupación, apretaba la vista y decía levemente que sí, como quien habla con su par, como quien dará una respuesta justa y sincera, como quien al final resolverá lo que sea y dirá sencillamente: “no te preocupes, ve”.

Quién se acuerda de Susana y su amorosa y zalamera forma de impartir Español-Literatura. Susana, que nos metía de cabeza en los cuentos, las novelas, los poemas… que impartía con una imborrable sonrisa, sonrisa grande, de las propias, de las inocultables, de las tiernas que enamoran.

Eso quería, enamorar, y lo hizo. A algunos más de la cuenta, ya que terminábamos cuchicheando, en el receso o los cinco minutos: “acere, yo quiero una jeva así”.

Susana, que decía con la mayor naturalidad y pureza del mundo: “no sé, pero te lo busco” y comenzaba la siguiente clase dando respuesta a la duda que inicialmente fue de una o uno pero que después fue suya y quizás del aula toda.

Susana, que se fajaba con las mentes obtusas, las cobardes y las burócratas que en ocasiones se sientan a calificar pruebas, que se fajaba, sí, para demostrarles que un estudiante podía dominar la habilidad del comentario sin escribir “yo opino”.

Susana, que iba cazando como una niña las pequeñas cosas –las buenas– de la vida y nos las soltaba en medio de aquel salón de paredes “enchivadas” como si quisiera que de los muros grises salieran flores y como si estuviera destapando una caja llena de mariposas.

Faltan más, pero ellas son las que afloran en esta práctica de turno del “¿Qué recuerdo?”. ¿Casualidad? No lo creo. A las cuatro –mayores de 50 y sesenta años– les debo ungracias del tamaño de la luna cuando está bien llena.

*foto: Mery Carla Fuentes González