Poco más, poco menos de un lustro de vida y no se deja reprogramar. Lo trajeron con la esperanza de que en poco tiempo sueñe, como un loco, con violar el campo magnético que se ciñe bajo los tres palos, con desbrozar regates y fintas para dejar gente atrás, mareada, con lograr que el balón dibuje en el aire ese cambio de recorrido, ese efecto siniestro que descoloca a los porteros en el tiro libre.

También quieren que sepa que Messi es un “animal”, que Neymar no volverá a hacer nada grande en su vida, que Cristiano fue un personaje presumido y narcisista de los “Marcatoons” y que existe una retahíla de nuevos nombres que prometen y parecen que sí y, sin embargo, por muchos epítetos a lo grande que les pongan, seguirán siendo segundones multimillonarios hasta que los inmortales se cansen de sembrar placer y agonías para graderíos y sillones caseros y firmen la jubilación.

Pero él tiene cinco años y, “manda mierda”, lo que lleva en la cabeza es un rombo, una medialuna, un plato, una lomita, colchones. Va engordando mañas y fintas para robar bases, pericia para no dejarse engañar por los cambios de velocidad y los garabatos que los pitchers del demonio saben dibujar en pocos metros con una pelota concisa, de pecho duro y sin aire dentro, solo hilo.

Ante la furia del fútbol él está aquí, en medio de todo, con cinco años, un palo y proyectiles. Mientras los grandes gritan “¡Gol! ¡Perra! ¡Gol!”, mientras el semáforo cambia más de colores que una cara con pena, mientras los autos roncan para vencer la estática, él se “faja” en una esquina y sueña y confía en que, después de atizar un buen trancazo, su piedra sucia por fin dará contra la cerca.