Señor, estoy muy preocupado: Hay señales que auguran más violencia en las calles habaneras. Cuando se habla de qué hacer para enfrentar a la policía o qué llevar a una manifestación, se habla de eso. Hoy ese relato no está solo en las redes sociales. Ese relato llega lo mismo en una cola, que en la conversación casual en una escalera.

Son síntomas de que hemos perdido algo más. Bien dicen los más viejos que la tranquilidad no tiene precio. Una amistad del barrio me comentaba cómo un par de semanas atrás, al escuchar una sirena, siempre se pensaba en un paciente grave o en los bomberos. Hoy una sirena implica un estado de alerta, un toque en la conciencia que lo hace recoger a su hijo del portal. Tomará tiempo en restañar esa herida, en volver a confiar.

Foto: Dariel Vicedo

Señor, con todo el dolor que implica, debo decirte lo que creo. Fallamos en construir una sociedad con capacidad de diálogo. Las mentalidades extremas nos han llevado a una confrontación de odios que no asimila la razón. No hay obras impolutas, ni esfuerzos sin méritos. Pese a eso, muchos construyen discursos inciertos, absolutos e impuestos. Hemos fallado en fomentar en el pueblo una mirada crítica, capaz de distinguir el reclamo justo de la actuación innoble. Es nuestra culpa, Padre, porque no se distingue el mundo entre la maleza. Hoy falta machete para tanto marabú. Vivimos en escenario de percepciones y superficialidades, dejamos de lado la verdad en favor de lo aparente. Una imagen, cada vez más mediada por lo digital, que con frecuencia le gana a la realidad.

Padre, debo decirte que entre los que salieron el 11 de Julio estaban los que exigen con justicia respuestas ante cuestiones tan tangibles como una correcta atención, un trámite debidamente realizado o el cumplimiento de las garantías que da el estado y que, a menudo, se desvían de su curso natural. Estaban también los que quieren un socialismo próspero.

El día 11 salieron los que están cansados de esperar, los que no han tenido soluciones, los que no entienden qué nos está pasando. Pero esos no son opositores, Padre, tú sí lo entiendes bien. Son simplemente personas cansadas. No son los que quieren un cambio de sistema, sino los que desean que las cosas funcionen como deben. Esos sueñan la Patria que quiso Martí para los que ven la luz de la Vida en estas tierras.

Hubo quien aprovechó el momento para dejar salir lo peor de sí, producto de la sociedad que creamos. Tan detestable como las diferencias con la venta en divisas, el vandalismo contra los comercios, el atropello, la violencia hacia el disenso. No, Padre, no es así tu prédica.

No te miento, estaba el que no cree en ti porque nos encargamos de hacerlo dejar de creer. El que no te quiso nunca y tiene sus propios ídolos de trapo y lentejuela.  El que no ve en tus milagros otra cosa después de las manchas.  Estuvieron también los judas y los falsos profetas. Los que llegaron con el discurso de “lo nuestro”, pero luego supimos que traían precios al dorso. Convidaron al desacato, la rencilla, azuzaron odios, fueron tan miserables como pudieron. Siempre existieron entre los cubanos ralladillos, esbirros, torturadores y bandidos. ¡Perdónalos, Padre, no saben lo que hacen!

Hay un coro que no es de ángeles, que grita afónico sus confesiones. Se dicen leales al soberano, sin embargo, se lavan las manos como Pilatos. Hay un joven que se dice líder; un viejo que se muestra rebelde. Hay una carta, un confesionario, un pacto, una calma… Hay que sentarnos, – me dicen-. ¿Y mi voz, Señor, mi voz no cuenta? Por qué me negocian el futuro sin contar conmigo. ¿Por qué se distienden en títulos, si los títulos son de las personas, pero el futuro es del pueblo? ¿Por qué me hablan de dialogar, sin tener en cuenta a los humildes? ¿O es que no somos válidos interlocutores en tan basta estrategia? Qué triste, Padre, el que no entiende que en Cuba existen muchos que piensan y sienten.

Me preocupa, Señor, que alguien crea que el amor es irrespeto. Que los míos se sientan heridos y decidan cerrar los ojos. Los míos son bravos y saben qué es lo justo. Los míos aspiran solamente a vivir y disfrutar estos momenticos de la historia que compartimos. Pero hay en la nobleza una violencia desgarradora a la que no podemos llegar, Padre, porque ese día perderemos todo.

Foto: Dariel Vicedo

Andamos llenos de inconformidades, arrastrando pasos por el desamor. En un día se acaba todo, se estruja el pecho, se corta el aire. Un día te cambia la vida y, de repente, ya nada es igual. Parecería que el mundo terminó, si no supiéramos que siempre amanece de nuevo y surge otra voz. Los dolores pasan, las heridas del alma cierran. Un día utópico nos abrazaremos, Padre, todos los que nacen bajo el signo de esta Isla sabiendo que nunca estaremos conformes, aunque todos querremos lo mismo: paz, salud, amor y prosperidad.

Me quedan pocos asideros en tiempos de tormenta. No me fio de la sonrisa de la serpiente, pues sigue siendo tan siniestra, capaz de morder la única mano que la defiende. No creo tampoco en sus plegarias, más aún cuando sus rezos son meros gestos para enseñar el brillo de sus escamas. Ojalá seas tú quien obre, Padre, en los segundos del unicornio. Temo por su vida, porque no es la primera vez que me lo quieren hacer pedazos.

Dicen los falsos dioses que pronto todo se derrumba. Yo creo que, desde hace días, algo nuevo comenzó. Sí Padre, si se mueve, si transforma, si es popular: es Revolución. Desafortunado quien no lo vea así, quien quiera sacar de eso otros provechos. Y cuando tengo dudas… ¡voy a tu apóstol!:

 “…Se me hincha el pecho de orgullo, y amo aún más a mi patria desde ahora, y creo aún más desde ahora en su porvenir ordenado y sereno, en el porvenir, redimido del peligro grave de seguir a ciegas, a nombre de la libertad, a los que se valen del anhelo de ella para desviarla en beneficio propio; creo aún más en la república de ojos abiertos, ni insensata ni tímida, ni togada ni descuellada, ni sobreculta ni inculta, desde que veo, por los avisos sagrados del corazón, juntos en esta noche de fuerza y pensamiento, juntos para ahora y para después, juntos para mientras impere el patriotismo, a los cubanos que ponen su opinión franca y libre por sobre todas las cosas, – y a un cubano que se les respeta.”[1]

Un día quedaran solo huellas de las heridas de mi pueblo. Un día sanaremos y entenderemos que disentir no es un pecado en tierra de hombres libres. Esa que consagraron los que realmente dieron su vida por la libertad. Sin cabidas a traidores, Cuba es de todos.

Señor, qué decir de la nostalgia, de extrañarte caminar entre turbas hinchadas por el deseo de un mundo mejor. Hace tiempo se extraña la esperanza que una vez anduvo entre mortales. Y tú, Señor, que también saliste a reclamar un mundo mejor, tú me entiendes cuando te digo que Patria y Vida, es decir Patria o Muerte!.  

Foto: Yamil Lage

[1] José Martí “Con Todos y para el Bien de Todos”