Por Mario Almeida

Qué sabroso aquello de tener cubierto todo lo básico, ¿verdad? Agua hirviendo para el baño, congelada para la sed, tónica para el trago, clorada para la piscina… destilada para el radiador del auto. 

También está el desayuno con huevos fritos y panza de cerdo; la merienda con el pan suave y el salmón ahumado bien compaginados entre sí; el almuerzo pronunciado en inglés y aliñado con paisajes bucólicos; y la comida con vino tinto para las carnes rojas, blanco para las blancas y coca cola dietética para que los niños sean flacos y felices.

No se me puede olvidar un refrigerador repleto de mantequilla, quesos con colores, chocolatillos y otras vagas clases de canapés que sirvan para asesinar antojos con la mayor operatividad posible, ya sabes, atajar el mal en el mismo momento en que se manifieste. La “sabrosura” se esconde –se esconde, no, se rebela– en el hecho de no comerse un cable.

Lo mejor de todo, a propósito, es la televisión por cable, que permite –magnánima ella– que quien la tenga posea una visión bastante “completa” y “justa” de lo que acontece en cualquier rincón del mundo. 

Es relajante, nadie lo dude; tantos canales… tantas culturas…  El grave y sepia alemán, el español en su versión española, el francés con los labios en forma de cueva prominente, el ruso con sus múltiples “ce-haches” e íes que salen de lo profundo del diafragma, el inglés caballeresco de Inglaterra…  Muchas veces no se entiende lo que dicen pero no importa, lo que vale es sentir, sentir, contra, dejarse llevar, dejarse…

Y qué decir de los espacios exclusivos para películas dobladas, que son como el fetiche de la “tv cableriana” misma, donde el subtítulo brilla por su ausencia. ¿Para qué leer si se corre el riesgo de que “las letricas” se esfumen demasiado rápido? Y además, el que no sabe… ¿cómo se entera?

National Geographic con sus animalidades, O Globo novelando, Televisión Española haciéndonos el cuento de cómo se puede hacer buenos negocios en Costa de Marfil, donde es fácil tener criados en la casa y muuuuchos empleados en tu empresa transnacional, porque los pobres negritos no piden demasiado dinero ni demasiadas condiciones; el que lo hace –no solo en Costa de Marfil– se despide amistosamente tras desearle suerte por “mogollones”.

Un círculo muestra los pronósticos del tiempo del mundo todo, un mundo en el que Habana no es con “be” y en el que la “hache” es una consonante de verdad… porque suena. El presentador de CNN se ríe, todo rubio, dorado y sexy él, con su inglés esculpido a la americana para que el orgullo nacional se afiance.

Y la publicidad… que versa sobre la leche con café que nunca te falla o la “revolucionaria” que te incita a no pagar tanto por las medicinas y grita “ven y gasta menos conmigo” o “el sistema no está de tu parte”. La que te vende a Biden con textos en español “mexicano” sin tildes, para que los latinos del norte se vayan adaptando a que en el nuevo idioma las vocales con acento gráfico no existen. Que la pragmática se encargue, si puede, de arreglar el resto.

Ni hablar de la que aparece de sopetón en medio de los play-offs de las grandes ligas del beisbol (nort)americano; esa publicidad que los desagradecidos amantes del deporte aborrecen porque no les deja ver cómo se acaba el inning y para un “gorrudo” mascador de chicle ello no tiene perdón.

Pero afirmar que el responsable de toda esta felicidad es el cable resulta un reduccionismo bochornoso. El cable aparece como un simple catalizador de ese “happy end” de tenerte con tantos canales bajo tu control, nunca mejor dicho. El cable es solo un trozo largo de “escortey” que junta estas señales que ya vienen así, pensadas para el “bien universal” desde los respectivos estudios donde se conciben.

Y demás está decir que para saber todas estas cosas hay que saborearlo y entrarle a mordidas a los “candys” que muestra. Por eso, nada más que he tenido la oportunidad –ni preguntes cómo– vine a contarte todo lo que se pierde tu reseca alma carente de estímulos convincentes para enjugarse en la más básica lacrimosidad.