Seis cosas que puedes hacer en medio de un ciclón

Cuando se vaya «la luz»… prende una lámpara y, si no tienes, prende un quinqué y, si no tienes, prende una vela y, si no tienes vela tampoco, ábrele un hueco a la chapa de una botella, pásale una mecha rústica por el orificio y ponla a flotar en el aceite de un plato para tazas de café. Y prende.

Con las breves lumbres que emanen, inventa mundos en la pared clara. Con el dedo índice y el del medio separados del puño, esboza las orejas del conejo y, deslindando el meñique con intermitencia, recrea la actitud rabiosa de los perros.

Cruzando los pulgares y moviendo las palmas, dale vuelo a la paloma y convierte al avestruz en cobra y la cobra en majá Santamaría y el maja Santamaría en cocodrilo.

Transforma tu boca en una caja de efectos sonoros e inventa fábulas, nombres extraños para los animales, espíritus del monte.

Crea cuentos de terror o recíclalos

Que los que están contigo olviden la borrasca y enfoquen sus miedos hacia los demonios malignos que invocas, las brujas caldereras y «escobilludas» que al parecer llaman a la puerta cuando el viento es tal que dobla las matas de aguacate del patio.

Da toques en la madera sin que nadie te vea, di que acabas de ver como se mueve una caja, de sentir que te tocaron la nuca, de advertir una sombra con forma de rata mutante o lo que sea… pero di y sigue diciendo hasta que ni tú mismo sepas si lo que inventaste es la pura verdad.

Engrífate la piel con los mismos cuentos oscuros que imaginaron tus abuelos cuando atravesaban de noche los cañaverales o esas calles que han tenido siempre la macabra delicadeza de apagar los focos cuando alguien pasa.

Haz ronda de chistes

Pon toda tu dramaturgia en función de la sonrisa de quien te acompaña; si suelta carcajadas, mucho mejor; si llora de la risa… excelente.

Trata de matarlos a todos a lo Julián del Casal; que las venas no les aguanten el ataque de felicidad o esos espasmos que ni respirar dejan de tanto que trancan el tórax.

Conjuga voces guturales con agudas, aumenta el ritmo o enlentécelo según convenga y dale a tu chiste lo mismo que debes darle a tus cuentos de terror… ese final como un puño que desordene la sala, que lo deje todo con las patas arriba.

Juega a los escondidos…

Tírate debajo de la cama y flexiona las piernas para que no te vean, ponte tras las cortinas, camúflate en una esquina con la ropa de cama, acomódate en el closet, siembra pistas falsas.

Haz toda la trampa que puedas, no para ganar, sino para reírte. Manipula las normas del juego, arrástrate sigiloso como el caimán cuya sombra proyectaste en la pared hace un rato.

Comunícate crípticamente con el resto de los competidores y cuando veas un mínimo espacio para ganar, corre y alardea de haber llegado.

Que se quede otra gente; jamás tú.

Canta

Canta lo que te venga a la mente: cursiladas de Ricardo Arjona, llantenes de Romeo Santos, sublimidades como La Internacional, carrasperas de Joaquín Sabina, ataques de cuernos a lo José José, «azulidades» a lo Cristian Castro…

Imita a Silvio tocándote las orejas o canta con los brazos estirados y las manos apoyadas en los muslos, como Pablo, y desafina a más no poder cuando grites «Yolanda», para que el barrio se entere de que en tu casa abunda la poética a full, porque desafinar y gritar al mismo tiempo, cuando no se es cantante, puede ser tomado como gesto garante de «culturismo».

Que nada se quede, ni siquiera los himnos de tu escuela primaria. Pero lo más importante es tener bomba, corazón y guapería, como Cándido Fabré, para amanecer cantando si hace falta


Si tienes chance, haz el amor. Cuela al huracán en la casa.

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