Simple estampa

Por Mario Almeida

Verdad universal

La cúpula del Capitolio prende a las 6 de la tarde.

Cara a cara

Antier abrí la puerta y había una paloma en la baranda, me miró nerviosa, dio pequeños pasos en el mismo lugar donde ya había dejado una gota de excremento, pero no salió volando. Era de noche y ella y yo nos vimos fijo uno al otro, espetándonos, quizás, la misma pregunta: “¿ahora qué harás?”.

Pesca

En el embarcadero de Luz, un hombre lanza náilones al mar mientras otro lo observa sentado en un quicio y le cuchichea cosas que solo entiende la gente que pesca. “¿Qué es lo que pica?”, pregunto intrigado ante el temblor de la jaba. “Mojarra”, dice. “Sacaste otra, estás acabando. Esa fue robá, fíjate que la enganchaste por fuera de la boca. La pobre se jodió”. 

El de las pitas ríe mientras le alcanza el pez. “¿Y pica tanto por el mal tiempo?”, chismoseo. “Na’ –responde el viejo–, cuando ellas dicen a comer le van a lo que sea”. El otro saca un nuevo ejemplar y el viejo se para dando un brinco de alegría –pareciera de niños la alegría– y medio que enseña las nalgas en lo que se dobla e intenta zafar al animal.

Reconstrucción de los hechos

En la esquina de Sol y Egido, en asamblea barrial, debaten sobre la suerte de Yosbany. Uno de los ponentes alega que era por gusto tol drama, porque al final nadie l’iba’hacer na’. De inmediato salta un testigo y rebate: “Yosbany lo que se salvó en tablita pod sel menor d’edá; fíjate si no, que Lester me quería pagar pa’ que le sonara yo que soy chamaco, pero le dije que no porque conozco al fiñe”.

Disparo

En La Habana está de moda que, al entrar a cualquier sitio (ya sea del estado, privado, cooperativo o mixto), te dejen caer una ración “gourmet” de cloro en las manos. Lo mismo en una tienda semivacía que en el Gran Teatro, alguien espera con el recipiente en mano y propina la minúscula muestra de la disolución de marras, como para que las palmas, al frotarse, se hagan una remota idea de lo que podría ser matar al virus.

Sin embargo, los encargados de tal empresa aprecian su adeudo social: hace pocos días entré a una feria de merolicos sin percibir a “la señora del pomo”. Esta, como si fuese el oeste, apuntó su rifle y, desde la distancia, me ensartó el exterior de la mano con el turbio chorro. Después, se reacomodó en su silla de escuela y dejó ir un gesto de pistolera suprema, como quien dice: “te me querías escapar… guanajo”.

Contrabando

El dependiente levanta el teléfono y marca. “Buenas tardes, mire, llamo desde aquí, de la tienda de peces. Es para decirle… Ah, ¿él no está? Bueno, hágame el favor y cuando llegue avísele de que tengo camarón”. El tipo repite la operación de mercadotecnia con varios números. Yo me río y pienso que cualquiera que no sepa de acuariofilia se marea.

Curva cerrada

Por Compostela doblan fugaces, en moto eléctrica, dos tipos que llevan o traen un televisor con culo. Se ven corpulentos y el televisor y pobre moto y el de adelante vocifera, como para que el de atrás escuche, que Teresa, cuando estaba con él, era una negra que gritaba.

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