Cubanos:

Para Cuba que sufre, la primera palabra. De altar se ha de tomar a Cuba, para ofrendarle nuestra vida, y no de pedestal, para levantarnos sobre ella. Y ahora, después de evocado su amadísimo nombre, derramaré la ternura de mi alma sobre estas manos generosas que ¡no a deshora por cierto! acuden a dármele fuerzas para la agonía de la edificación

“Con Todos y para el bien de todos”, José Martí (1891)

Ante todo, dejo claro que este no es un ejercicio de descontextualización de la obra del más grande de los cubanos. Es, si acaso, una mirada frente al espejo que resulta el pensamiento martiano. A fin de cuentas ¿qué tanto sabemos de él? Una vida no se resume a lo que queda de ella, hay sentimientos, ideas y deseos que nunca conoceremos.

Pero quiero abrirme paso con la guía que dejó. Lo que aspiró para su «nueva república». La patria inconclusa en el dibujo de su pensamiento. «Con todos y para el bien de todos», —donde todos no es igual a cualquiera.  

Mucho se predica hoy con la icónica frase del Maestro, sin saber que él mismo definió a quienes se refería. Iluso pensar que alguna vez un hombre de su estatura moral dejaría la puerta abierta a cualquier tipo de persona. José Martí se tropezó durante su vida vagabundos políticos; a ninguno dio espacio en su visión de país. Entre ellos, cubanos que emigraron, otros residentes en la Isla. Claro tenía que, donde hay luz, también hay sombras. Fueron cubanos, al fin, quienes, a las órdenes de la potencia dominante, España, traicionaron, espiaron y asesinaron a los líderes de la causa independentista.

Esa verdad histórica, como un templo, tenemos que hacerla prevalecer en un presente donde figuras con pensamiento neoanexionista dicen ser continuidad del Maestro. Dudosos asaltantes de bustos, en lugar de cuarteles, los que hoy tratan de peregrinar en pos de un cambio de gobierno en Cuba.

¿Quiénes eran parte ese «todos» del que habló José Martí?

Partimos de una máxima: Martí es profundamente antimperialista. Por tanto, excluyente de aquellos que trabajaron y trabajan por hacer de la Mayor de las Antillas un satélite de los Estados Unidos.

Quedan, por tanto, fuera del «todos» de Martí, aquellos que acompañan el discurso de odio y chovinismo que desde algunos grupos de la emigración se lanza contra el sistema social de la Isla, contra las personas de bien que trabajan por hacer una nación de la cual podamos enorgullecernos. Con defectos, sí, y veremos qué ideas tenía Martí en ese tema, pero diametralmente opuesta a los discursos divisionistas apadrinados por un gobierno extranjero que está en guerra con la Isla. 

Tratar este tema desde una visión factual y enmarcada en la última década deviene un error. Sería desconocer que los problemas de Cuba nacen desde su propia fundación e intentos de inicio como estado soberano. Un anhelo añejo de los enemigos de la independencia cubana ha sido dividir a los cubanos de esa diáspora criolla que nos representa en el mundo.

Aunque para Martí el “todos” tiene un espacio en la nueva república, es también parte de su obra ubicar a cada cual donde corresponde. El derecho del cubano sobre Cuba proviene de su actitud ante la Patria, no de haber nacido en un rincón de tierra. Pero, derecho al fin, algo ha de corresponderle, recordando que hay herencias que son deudas.  

«Y con letras de luz se ha de leer que no buscamos, en este nuevo sacrificio, meras formas, ni la perpetuación del alma colonial en nuestra vida, con novedades de uniforme yanqui, sino la esencia y realidad de un país republicano nuestro, sin miedo canijo de unos a la expresión saludable de todas las ideas y el empleo honrado de todas las energías, —ni de parte de otros aquel robo al hombre que consiste en pretender imperar en nombre de la libertad por violencias en que se prescinde del derecho de los demás a las garantías y los métodos de ella».  [1]

No pueden cambiar los problemas si las pretensiones de ambas partes continúan siendo las mismas: para Cuba, su independencia, para Estados Unidos, el avasallamiento

La realidad que vivió Martí se asemeja mucho a la nuestra. ¿Será que seguimos arrastrando los mismos problemas de hace más de un siglo? Los problemas de Cuba están, desafortunadamente, ligados a su relación con la primera potencia del mundo. .

En su discurso, los dos pilares para la nueva Cuba son el republicanismo junto con el respeto a las ideas honradas. Mas, no todas las ideas tienen cabida. No se puede asumir en el alma independentista de la nación el pensamiento de apóstatas y servidores de otros intereses.

“El “todos” de Martí, por lo tanto, no es meramente cuantitativo, parte de un abrazo de amor pero también de un rechazo crítico, rechazo que no es inapelable pero que solo puede convertir en abrazo si los que engañan, yerran o “mienten”, aceptan la tesis central del discurso, que es la viabilidad histórica de una Cuba independiente y justa. Por eso desde el principio declara: “Yo abrazo a todos los que saben amar” “El abrazo no es a los que no saben amar, aunque también a estos, a la larga, beneficie, y en este sentido puede hablarse, como del horizonte a que nos referimos al principio de estas líneas, de la “fórmula del amor triunfante”. Pero en lo inmediato de la lucha por la independencia, que no ha terminado todavía, queda en pie que hay grupos que yerran o “mienten”, que no forman parte del «todos» martiano en cuanto realmente no quieren “el bien de todos”, expresión en la que, no obstante el equilibrio de las clases sociales a que aspiraba Martí, el mayor énfasis va sin duda hacia los más desamparados”.

Cintio Vitier, tomado de Juventud Rebelde 1.12.2020.

Martí sintió la necesidad de una república inclusiva, unida en su esencia misma, donde el único elemento de exclusión era justamente atentar contra su independencia. No se puede pactar con los traidores y, esa lección, de tantas veces que se repite, parece letanía.

Resulta irrisorio, entonces, cuando se habla de políticas excluyentes, mencionar momentos en la Revolución cubana que, analizados a la vuelta de medio siglo, parecen criticables. Los fallos en el proceso solo han generado más Revolución.  

Es válida la libertad de pensamiento y acción, pero no puede ser un requisito cuando peligra la vida misma del proyecto, que se defiende con todos los derechos que le concurren.

Su fórmula del «amor triunfante» es, tal vez, pie forzado para el nacimiento de ese Homagno al que aspiró. En Martí y en la Revolución, la lucha del pueblo cubano se ha hecho desde la transformación paradigmática de la moral y los principios. El liderazgo en Cuba y en su Revolución tiene como requisito la virtud y la moral. Mella, Villena, Baliño, José Antonio, Fidel, hombres que fueron seguidos por su ejemplo. La temeridad y la valentía no son nada sin la honradez, sin el sentido de la causa justa e inclusiva de la nación.

Pensar Cuba es pensar qué tipo de seres humanos queremos ser.

“Porque si en las cosas de mi patria me fuera dado preferir un bien a todos los demás, un bien fundamental que de todos los del país fuera base y principio, y sin el que los demás bienes serían falaces e inseguros, ese sería el bien que yo prefiriera: yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre”.

“En la mejilla ha de sentir todo hombre verdadero el golpe que reciba cualquier mejilla de hombre: envilece a los pueblos desde la cuna el hábito de recurrir a camarillas personales, fomentadas por un interés notorio o encubierto, para la defensa de las libertades: sáquese a lucir, y a incendiar las almas, y a vibrar como el rayo, a la verdad, y síganla, libres, los hombres honrados”.[3]

Pero las revoluciones, aunque se hacen para todos, no se hacen con todos. Es ilusorio pensar que realmente todos los cubanos de finales del siglo XIX idolatraban a José Martí. Más bien, una visión más certera, tal vez, tendría que ver con la imagen de un «radical» que intenta hacer cosas como «(…) ajustar en la paz y en la equidad los intereses y derechos de los habitantes leales de Cuba (…)”.[4]

«Por supuesto que se nos echarán atrás los petimetres de la política, que olvidan cómo es necesario contar con lo que no se puede suprimir, —y que se pondrá a refunfuñar el patriotismo de polvos de arroz, so pretexto de que los pueblos, en el sudor de la creación, no dan siempre olor de clavellina. ¿Y qué le hemos de hacer? ¡Sin los gusanos que fabrican la tierra no podrían hacerse palacios suntuosos! En verdad hay que entrar con la camisa al codo, como entra en la res el carnicero». [5]

«Todo lo verdadero es santo, aunque no huela a clavellina. ¡Todo tiene la entraña fea y sangrienta; es fango en las artesas el oro en que el artista talla luego sus joyas maravillosas; de lo fétido de la vida saca almíbar la fruta y colores la flor; nace el hombre del dolor y la tiniebla del seno maternal, y del alarido y el desgarramiento sublime; y las fuerzas magníficas y corrientes de fuego que en el horno del sol se precipitan y confunden, no parecen de lejos a los ojos humanos sino manchas! ¡Paso a los que no tienen miedo a la luz: caridad para los que tiemblan de sus rayos!».[6]

No hay que temer a lo que no sirve de la amada República. Menos aún de los «gusanos», que también tienen su papel y de los que hay que sacar provecho. Que nos sirvan para abonar la tierra, para hacer más altivo el discurso. Para que se concierten ideas revolucionarias. Martí nos lega la lógica dialéctica de que la oposición, por detestable que sea, resulta también necesaria.

Martí se forma con la premura de los años de la guerra de independencia en Cuba. Su carácter humanista, sus ideas y su cosmovisión condicionaron después de él las actuaciones de la Revolución en su proceso histórico y del gobierno cubano a partir de 1959.  

Pero el pensamiento de Martí es uno solo. La relación de Martí con Cuba pasó de manera inexorable por su experiencia como emigrado. Sus preocupaciones en este sentido fueron a parar también a sus discursos.

Es “con todos”, pero no para todos

«A los sietemesinos sólo les faltará el valor. Los que no tienen fe en su tierra son hombres de siete meses. Porque les falta el valor a ellos, se lo niegan a los demás. No les alcanza al árbol difícil el brazo canijo, el brazo de uñas pintadas y pulsera, el brazo de Madrid o de París, y dicen que no se puede alcanzar el árbol. Hay que cargar los barcos de esos insectos dañinos, que le roen el hueso a la patria que los nutre. Si son parisienses o madrileños, vayan al Prado, de faroles, o vayan a Tortoni, de sorbetes. ¡Estos hijos de carpintero, que se avergüenzan de que su padre sea carpintero! ¡Estos nacidos en América, que se avergüenzan, porque llevan delantal indio, de la madre que los crió, y reniegan, ¡bribones!, de la madre enferma, y la dejan sola en el lecho de las enfermedades!». [7]

«Pues, ¿quién es el hombre?, ¿el que se queda con la madre, a curadle la enfermedad, o el que la pone a trabajar donde no la vean, y vive de su sustento en las tierras podridas, con el gusano de corbata, maldiciendo del seno que lo cargó, paseando el letrero de traidor en la espalda de la casaca de papel? ¡Estos hijos de nuestra América, que ha de salvarse con sus indios, y va de menos a más; estos desertores que piden fusil en los ejércitos de la América del Norte, que ahoga en sangre a sus indios, y va de más a menos! ¡Estos delicados, que son hombres y no quieren hacer el trabajo de hombres! Pues el Washington que les hizo esta tierra ¿se fue a vivir con los ingleses, a vivir con los ingleses en los años en que los veía venir contra su tierra propia? ¡Estos “increíbles” del honor, que lo arrastran por el suelo extranjero, como los increíbles de la Revolución francesa, danzando y relamiéndose, arrastraban las erres!»[8]


[1] Discurso Con Todos y para el bien de todos, José Martí (1891) 

[3] Discurso Con Todos y para el bien de todos, José Martí (1891) 

[4] Nuestra América, José Martí (1891)

[5] Nuestra América, José Martí (1891)

6 Discurso Con Todos y para el bien de todos, José Martí (1891) 

[7] Nuestra América. José Martí

[8] Nuestra América. José Martí