«Dejar un recuerdo
con que he de irme, cual flores que
fenecen?
Nada será mi nombre alguna vez?
Nada dejaré en pos de mí en la
tierra?
Al menos flores, al menos cantos.
Cómo ha de obrar mi corazón?
Acaso en vano venimos a vivir, a
brotar en la tierra?»

Tamara Bunke Bider

¿Ojos verdes o azules? Algunos dirían que eran ojos color del tiempo. A veces dependía del vestido que llevara puesto o de su estado de ánimo. Cuando estaba seria o enojada eran como el acero.

Caminar por aquel territorio inhóspito era una tarea ardua, no por el hecho de ser mujer, sino por el equipamiento dispuesto acorde a los estándares masculinos. Las botas le quedaban grande y eso dificultó durante algún tiempo la cómoda movilidad por la zona.

Pero hasta los mismísimos soldados bolivianos hablaban con el orgullo herido sobre la voz femenina que los exhortaba a rendirse desde el bando contrario.

Uniforme de campaña y ametralladora al hombro, así recorre la selva de Bolivia. Los elementos de la naturaleza que pasan desapercibidos para el resto, parecen ser para ella un testimonio vivo de la historia de la cual ya forma parte…
Piedrecitas de colores descansaron después de su muerte en una bolsita de piel repujada con flores. Piedrecitas de colores recogidas por Tania la guerrillera.

«Me queda mucho por hacer»
«Retornarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo
en cada herida.
Porque soy como el árbol talado que retoño:
Porque aún tengo la vida.»

Miguel Hernández

Andar las calles de La Habana era una especie de sueño cumplido para Haydée Tamara Bunke Bider, nombre con el cual fue llamada en su natal Argentina.

Sus familiares y amigos conocían de sobra su pasión por América Latina y su capacidad para entender los procesos emancipadores, para percatarse de la autenticidad de la Revolución cubana que en aquel momento surgía y apropiarse de ella. Estaba convencida a dedicar su vida a objetivos altos, como en efecto hizo.

Adoptó el uniforme de miliciana como su ropa común, además de sus característicos sayones largos. Su rostro totalmente desprovisto de cualquier rastro de maquillaje dimensionaba la profundidad de sus ojos.

Esa alegría y seriedad de Tamara… una mujer de personalidad fuerte con cara de niña. Una vorágine de esperanzas, de ganas de construir. De un lado a otro, como hormiguita trabajadora.

«Las mujeres no podrán ser independientes hasta que no trabajen», decía mientras soltaba latigazos justo en la sien de sus interlocutores, ráfagas de ideas que verbalizaban el pensamiento ajeno.

La Federación de Mujeres Cubanas se convertía entonces en un espacio de debate sobre el papel de la mujer y sus derechos, el feminismo, la libertad… y ahí estaba ella, con sus conceptos sólidos, su energía vital y su no saber callarse ante lo injusto.

De esa forma, con el afán de trabajo, sus tareas no se limitaron a ser traductora en el Ministerio de Educación, las combinaba en sus funciones de intérprete de las delegaciones alemanas que arribaban a Cuba a través del ICAP –Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos-, en las guardias de milicia, como miembro activo del CDR de su cuadra y en sus casi tres años en la FMC, formando parte de la comisión de divulgación y el Boletín Internacional.
Y aun así, era común escucharla: «Me queda mucho por hacer»

La quietud del amanecer

«Ni siquiera un ruido se escucha en el jardín, Todo está quieto hasta el amanecer. Si sólo supieras cómo son queridas por mí Estas noches tranquilas de Moscú».

Noches de Moscú

Marzo de 1963 significó el cambio, de esos que de un día para otro la vida se siente diferente y la existencia pasa a ser un asunto mayor.

Cada vez más desatendía sus funciones, se tardaba mucho o no llegaba. Su apartamento de la calle 3ra y 18, en Miramar, dejó de ser el centro de reuniones y debates sobre América Latina, la Revolución, las luchas por la liberación… Escucharla cantar, tocar con el acordeón Allá en el Rancho Grande o admirar el brillo de sus ojos cuando hablaba de folklore y cultura era, en esos momentos, un suceso casi inexistente.

La vida agitada y pública de Tamara comenzó a apagarse a pasos agigantados y a la par, una llama de proporciones abismales renacía con el nombre de Tania desde la clandestinidad.

Casi dos años después caminaba por las calles de Bolivia con la identidad de Laura Gutiérrez Bauer. Bajo las órdenes de Ernesto Guevara, logró altos niveles de infiltración en la sociedad burguesa boliviana, acumuló información y contactos durante varios años y preparó el terreno para la posterior llegada de los guerrilleros procedentes de Cuba.
Ese día de año nuevo, llegó a la guerrilla cargada de regalos: pañuelitos de colores, bombones, linternas y por supuesto, no podía faltar el folklore entre sus grabaciones. Pero en esta ocasión mimó a sus compañeros con un poquito de música cubana.

En su tercer y último viaje a la base, finalmente su amor por Latinoamérica se desbordaría en la lucha por la liberación de los pueblos y la justicia social. Pasaba de esta forma a la historia como Tania la guerrillera.

Las caminatas de varias horas con aquellas botas inmensas era desgastante, pero se quedaba callada aunque los pies estuvieran llenos de heridas y ampollas.

El cansancio era visible en todos los hombres, pero ella, con su sonrisa habitual, disimulaba el agotamiento y les contaba historias del altiplano boliviano, de los indígenas y sus costumbres, los acercaba casi de forma ancestral a la tierra que los sostenía.

Aguja e hilo en mano, algunos botones viejos en desuso y camisas de campaña desgastadas por el constante trabajo. Tania cosía gustosa los uniformes de sus compañeros pero en el fondo le incomodaba el tipo de roles que se le estaban asignando.

Cuestionó el reparto de tareas, el porqué de la excesiva protección hacia ella. Su cara seria y disgustada, el brillo característico de su rostro cuando rebatía todos los argumentos habidos y por haber hasta alcanzar sus objetivos.

En un terreno dominado históricamente por hombres, una muchacha de apenas 29 años se imponía con el estruendo de sus acciones. Documentaba las acciones de la guerrilla, debatía sobre las estrategias e inundaba las noches con sus melodías.

Ojos azul-verde profundos y cabellos de un color negro artificial. Toda ella de acero, aunque no estuviera seria ni enojada. Uniforme de campaña y ametralladora al hombro por la selva boliviana.

Quizás, en uno de esos momentos, en la quietud del amanecer, con su inseparable grabadora atiborrada de canciones folklóricas, en los innumerables secretos de su misión, cante para sus adentros, su amada Noches de Moscú al compás del acordeón.

Con información tomada de:
Tania, la guerrillera inolvidable. Marta Rojas y Mirta Rodríguez Calderón (1970)
La muchacha de la guerrilla del Che. Ángela Soto Cobián (2006)