“Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros”.

Epístola a los filipenses.

Dicen que subió al monte.

Anunció que de los pobres habría de ser el “reino” y alabó su buena ventura de espíritu; prometió a los que entonces lloraban que encontrarían consuelo, a los tristes mansos que recibirían la tierra y a todos aquellos que tenían hambre y sed de justicia, que serían saciados.

A los misericordiosos, les aseguró que alcanzarían la misericordia; bienaventurados –indicó– los que padecen acecho por creer en la justicia y también llamó así a los que por la causa que él defendía fuesen vituperados y perseguidos, diciendo toda clase de mal contra ellos, mintiendo, porque –les recordó– también habían sido hostigados sus antecesores. El galardón es grande, dio fe.

Comparó a quienes lo escuchaban con la sal de la tierra y les recordó que la tierra sin sal se desvanece, no sirve sino para ser echada fuera y hollada. También les dijo que eran la luz del mundo y que, cuando una luz se enciende, no se coloca bajo un almud sino sobre el candelero para que alumbre a TODOS los que están en la casa.

Ilustración: Raúl Morejón de León

Recalcó que no pretendía abrogar la ley ni el legado de los que le precedieron y sí cumplir con ellos. Llamó a la modestia y a la cruzada contra la hipocresía. Aconsejó no usar vanas repeticiones como aquellos que piensan que, ante su palabrería, serán escuchados.

Llamó a perdonar y alegó que el tesoro estará donde el corazón. Pidió cuidar en manos de quiénes se deja lo sacro, no vaya a ser que lo que se entrega sea pisoteado “y se vuelvan y os despedacen”. Alertó sobre los falsos profetas que llegan vestidos de oveja mientras traen dentro a un lobo rapaz. Llamó a hacer, más que a decir.

“Cuando descendió […] del monte, le seguía mucha gente”.

Fuente: La Biblia