Culminaron los Juegos Olímpicos de Tokio 2020+1. Víctimas de polémicas y críticas fueron, una vez más, las mujeres y la comunidad LGBT+. En esta ocasión, el debate giró en torno a la vestimenta deportiva de las atletas y la inclusividad del deporte.

La realidad es que los recientes Juegos Olímpicos trajeron a colación las cuestiones de género y sexualización dentro del ámbito deportivo. Problemas interiorizados por gran parte de la sociedad y de los que muchas veces ni siquiera somos conscientes. 

Normas: ¿justicia u obstáculo?

Entre los principios fundamentales plasmados en la Carta Olímpica, se encuentra el disfrute de los mismos derechos y libertades para todos. Sin ningún tipo de discriminación de color, sexo, orientación sexual, religión, opiniones, origen, riqueza, aspectos de discapacidad u otra condición. No podemos ignorar la existencia de una fuerte ola de fundamentalismos religiosos que reafirman el discurso antiderechos. Pero vivimos tiempos donde problemáticas sociales como la homofobia, transfobia, machismo, misoginia y sexismo son visibilizadas. Gran parte de la opinión pública las condena fuertemente. Sin embargo, no son pocos los deportistas objetos de estas discriminaciones.

Para corresponder la igualdad de derechos, en 2004, el Comité Olímpico Internacional permitió la participación de deportistas transexuales. Por esas fechas, el COI establecía tres condiciones mínimas: haber terminado las operaciones quirúrgicas, incluyendo la alteración de los genitales. Haber formalizado el cambio de sexo legalmente y haberse administrado las terapias hormonales. Esto debe ocurrir con el tiempo suficiente para evitar las ventajas derivadas del sexo en la competición. Además, debían de pasar dos años desde su operación de reasignación de sexo.

En 2015, las reglas del juego volvieron a modificarse. Un nuevo reglamento eliminó la necesidad de operaciones quirúrgicas y estableció que, quien quiera participar como mujer, tiene que haberse declarado como tal. No podrá cambiar su género, al menos durante cuatro años. Además, fijó un tope de diez nanogramos de testosterona por mililitro de sangre. Es el máximo que puede tener una mujer para poder participar en pruebas femeninas. Una norma que les exigirá la toma de medicación para bloquear la llamada hormona masculina. Sin embargo, para las mujeres que hagan la transición a hombres no hay ninguna exigencia.

Para Tamara Roselló Reina, periodista y activista cubana, dicho cambio en las reglas resulta una buena señal. “Es una evidencia de que al parecer el COI ha puesto oídos al llamado a cerrar brechas de inequidad. Las cuales todavía existen en el deporte olímpico.”

Aunque más inclusivas que las normas del 2004, estas pecan también de no ser lo suficientes para evitar la sexualización de las deportistas femeninas. En estas Olimpiadas ellas representaron el 49% de los atletas. La problemática continúa siendo tarea pendiente para los directivos. Empaña la integridad de los eventos de alto nivel competitivo. En la mayoría de los casos, es originada por las normativas de vestuario apegadas a lo tradicional. Pero los tiempos han cambiado.

Según la propia Carta Olímpica, está en manos de los comités olímpicos nacionales determinar el uniforme y material que utilizarán los representantes de sus delegaciones. No obstante, son las federaciones internacionales quienes implementan las reglas a cumplir.

Diferencias que hablan

En deportes como el voleibol de playa, existe una clara diferencia entre la vestimenta reglamentaria de los hombres y las mujeres. Mientras que los primeros usan camisetas y se les permiten pantalones cortos de 10 cm sobre las rodillas, las mujeres deben llevar un bikini de no más de 10 cm a cada lado, con ajuste ceñido y corte angular ascendente hacia la parte superior de la pierna. Y, sin embargo, en deportes como el tiro deportivo y el judo, hombres y mujeres visten igual.

Grandes diferencias de vestuario entre los equipos masculino y femenino de Balonmano playa de Noruega.

La pregunta que nos hacemos es ¿Aportan algo a nivel deportivo esas diferenciaciones? Algunos creerían que debe existir un motivo lógico para las exigencias del reglamento. Habrá quienes concuerden con el criterio de Johanna Mellis, historiadora del deporte nacida en EE.UU., sobre la necesidad de las normas como garantía de la práctica justa y segura. Pero la realidad es que ni las mismas entidades deportivas internacionales pueden ofrecer una explicación sobre el porqué de estas vestimentas.

La controversia sobre el vestuario deportivo ha motivado que se vuelva a analizar el statu quo que rodea esta problemática. La marginalización de las comunidades vulnerables en la esfera del deporte vendría siendo el espectro a examinar y un tema de vivo debate.

Atletas como la gimnasta alemana Sarah Voss, han manifestado que el uso de maillot ajustados genera incomodidad a la hora de ejecutar determinados movimientos. Voss asegura que desconoce la existencia de una explicación deportiva que pueda justificar esta regla. Pero si no es funcional, ni cómodo y, además, obstaculiza el desempeño de las atletas ¿por qué se les impone a las mujeres el uso de esta indumentaria?

Ropa deportiva femenina: una decisión de hombres

Dailene Dovale de la Cruz, periodista y profesora de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana ha visibilizado a través de su trabajo, en varias ocasiones, temáticas de género. Ella parece tener una respuesta a la interrogante anterior. “La sexualización de las atletas femeninas responde, según tengo entendido, a una lógica del mercado que, a su vez, responde a patrones patriarcales y machistas. Es decir, se les impone un vestuario no por una cuestión de mayor rendimiento, sino para que luzcan más bellas y que exhiban su figura, como si fueran objetos. Esto claramente denota un proceso de cosificación, con tal de vender más y aumentar las ganancias.”

Jesús Muñoz Machín, periodista y comentarista deportivo del Sistema Informativo de la Televisión Cubana y la revista Mujeres, también argumenta que la sexualización de las atletas tiene mucha relación con el devenir histórico del ámbito deportivo. Desde sus orígenes, fue creado, regulado y disfrutado mayormente por hombres. El espectáculo que rodea al deporte está construido para un espectador masculino, considerando lo masculino no como el hombre en sí, sino como un concepto que predomina sobre lo femenino en la sociedad.

Cada deporte tiene determinadas reglas para la vestimenta. No obstante, resultaría útil que sean los deportistas quienes posean el voto definitivo respecto a la indumentaria que utilizarán. La responsabilidad del veredicto no puede quedar en manos de una mayoría masculina. Una que, por desgracia para las mujeres atletas, representa a federaciones nacionales e internacionales. Esto se manifiesta en el número de capacidades asignadas en la misma asamblea del COI, donde solo el 37,5% son mujeres.

De escasa participación femenina en la toma de decisiones fue víctima Serena Williams. En 2018, la tenista, múltiple campeona, retornó al circuito tras su maternidad y se presentó en Roland Garros con un mono de cuerpo entero nunca antes visto en una tenista. Durante su embarazo tuvo complicaciones sanguíneas, por lo que necesitaba trajes de compresión. Sin embargo, el presidente de la Federación Francesa de Tenis (FFT), Bernard Giudicelli, declaró que el acontecimiento era una falta de respeto al juego y que no se aceptaría más.

Debido a complicaciones sanguíneas durante el embarazo, la tenista Serena Williams utilizó, en Roland Garros 2018, un mono de cuerpo entero nunca antes visto en una jugadora de tenis.

Rendimiento/Comodidad

Tiempo después, la Asociación Femenina de Tenis (WTA por sus siglas en inglés) permitió el uso de pantalones de compresión sin necesidad de ponerse falda o vestido encima. En esta ocasión la funcionalidad y sensatez le ganaron a la estética y el sexismo.

Este año 2021, las mujeres deportistas también han reivindicado la necesidad de sentirse, ante todo, cómodas. Se han manifestado en contra de reglas machistas y arcaicas. Pero, como se pudo esperar, manifestar insatisfacción ante este tipo de normas, es una acción respondida con medidas punitivas.

Poco antes de las Olimpiadas, las jugadoras del equipo noruego de balonmano de playa se negaron a usar las piezas inferiores que, con anterioridad, se habían designado para su última competencia en el Campeonato Europeo de Balonmano en Bulgaria. Según las atletas, el equipo nórdico se acercó a la mesa de la Federación Europea de Balonmano antes del evento para hacerles entender lo restrictivo e incómodo de esta vestimenta. Finalmente, fueron sancionadas con una multa de 1500 euros por el hecho de querer vestir pantaloncillos cortos.

El equipo nórdico femenino de balonmano de playa fue penalizado con una multa de 1500 euros, al competir con pantalones cortos no reglamentarios durante el Campeonato Europeo de Balonmano de este año.

Otro caso fue el del equipo alemán de gimnasia femenina, durante su debut en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020+1 hizo a un lado el uniforme habitual con corte de bikini para lucir un traje enterizo hasta los tobillos. Ninguna regla fue violada, pero el gesto no pasó desapercibido como un reclamo por su derecho de decidir con qué se sienten mejor para competir.

Las gimnastas alemanas decidieron aparecer en estas Olimpiadas de Tokio 2020+1 con un uniforme enterizo, distinto del tradicional bikini.

Según la profesora Dailene Dovale, el equipo alemán logró, mediante sus acciones, darles jerarquía en las agendas mediáticas de todo el mundo a las denuncias contra la sexualización de la mujer deportista, el sexismo y la cosificación. Además, ratificó que el equipo posee la capacidad de tomar acción respecto a sus problemas cotidianos y cómo pueden organizarse para denunciar una problemática que, hasta el momento, pasaba desapercibida para muchas personas.

La acción de todas estas atletas no es más que una invitación a abrir los ojos ante la realidad de los deportes femeninos. Por desgracia, estos son en ocasiones subestimados, tachados de ser menos importantes por posibles desventajas físicas. Manipulados para, supuestamente, “entretener el ojo” y, muchas veces, inalcanzables para aspirantes con costumbres y códigos de modestia propios de la cultura de sus países.

La comunidad LGBT+, laureada y orgullosa en Tokio 2020+1

La igualdad de género y las nuevas perspectivas para los atletas que pertenecen a la comunidad LGBT+ se temían lejanas hace un par de años. Por ese entonces, bastaban los dedos de las manos para contar los deportistas dispuestos a hablar de su sexualidad. Hoy, tras los Juegos Olímpicos de Tokio 2020+1, inclusivos cambios pueden avistarse.

El portal Outsports.com lleva la cuenta de los deportistas gay, lesbianas, bisexuales, transgénero, queer y no binarios que compitieron este año en los Juegos Olímpicos. Se calcula que hay un total de 183 atletas pertenecientes a la comunidad LGBT+. Esta cifra representa el triple de los que Outsports registró en los Juegos de Río de Janeiro 2016 y siete veces más que los registrados en Londres 2012. Es sencillo percatarse de la gran diferencia si tenemos en cuenta que solo hay conocimiento de 229 personas LGBT+ participantes en los Juegos entre 1928 y 2018.

“No es algo nuevo ver a atletas admitir que pertenecen a la comunidad LGBT+ luego de culminar sus carreras. Sin embargo, en Tokio hubo un alto nivel de empoderamiento por parte de muchos jóvenes deportistas que hablaron abiertamente de su orientación e identidad sexual y aprovecharon su exposición mediática para dar visibilidad a las causas sociales que defienden los derechos de la comunidad”, afirmó el comentarista Jesús Muñoz.

El clavadista Tom Daley admitió sentirse “increíblemente especial” después de ganar la medalla de oro olímpica con Matty Lee, en la Plataforma de 10 metros sincronizados, en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020+1. Este fue el primer oro olímpico para el clavadista en cuatro juegos, después de obtener un par de medallas de bronce y tras anunciar, en 2013, que estaba saliendo con un hombre.

El recientemente laureado clavadista británico, Tom Daley, manifestó su orgullo como hombre gay y campeón olímpico. También mostró abiertamente su apoyo hacia todos los jóvenes de la comunidad LGBT+.

Daley se refirió a esto en una rueda de prensa, luego de coronarse campeón:

“Sabes que hay más atletas LGBT abiertamente en estos Juegos Olímpicos que en cualquier otro Juegos Olímpicos anteriormente (…) Y espero que cualquier joven LGBT pueda ver eso sin importar cuán solo te sientes en este momento, no estás solo y puedes lograr cualquier cosa, (…) me siento increíblemente orgulloso de decir que soy un hombre gay y también campeón olímpico (…)”.

Por su parte, la patinadora estadounidense, Alexis Sabalone, una de al menos cinco competidores abiertamente LGBT+ en esa especialidad este año, comentó que “es hora de que todos puedan ser lo que son (…) Espero que también afuera del deporte los chicos no sean criados con la presunción de que son heterosexuales”.

Muy involucrada en la defensa de los derechos de la comunidad LGBT+, la estadounidense Raven Saunders celebró su medalla de plata en lanzamiento de peso, formando una X con sus brazos, en señal de apoyo a los oprimidos. En la ceremonia de inauguración, la polaca Aleksandra Jarmolinska, especialista en tiro, desfiló con una mascarilla arcoíris, en respaldo a la aceptación de la diversidad sexual.

La Comunidad Trans dio un gran paso de inclusión y visibilidad en el deporte durante Tokio 2020+1. Por primera vez en la historia, atletas con identidades Trans participaron en disciplinas deportivas olímpicas y alcanzaron el medallero. El COI permitió deportistas transgéneros desde el 2004, pero nunca antes habían competido de manera tan abierta.

Laurel Hubbard fue la mujer transgénero que representó a Nueva Zelanda. La halterófila neozelandesa envió un mensaje de agradecimiento al COI por apelar a la universalidad del deporte: “me gustaría agradecer especialmente al COI por ratificar su compromiso con los principios del olimpismo y establecer que el deporte es algo para todas las personas, que es inclusivo y accesible.”

La halterófila transgénero, Laurel Hubbart, expresó su gratitud hacia el COI, por contribuir a que los Juegos Olímpicos sean más inclusivos.

Superando estereotipos

Hubbard no fue la única atleta que representó a la comunidad trans en estas Olimpiadas. Mencionemos a Celsea Wolfe, ciclista transgénero quien fue suplente en el equipo BMX, estilo libre de EE.UU. y a Rebeca Quinn, mediocampista de la Selección Olímpica de Fútbol de Canadá dentro de la escuadra femenina. Ellas también representaron las identidades trans y no binarias. Al vencer al equipo de Suecia, la última, pasó a la historia como la primera deportista abiertamente transgénero y no binaria en ganar una medalla de oro olímpica.

Quinn, mediocampista de la Selección Olímpica de Fútbol de Canadá, se convirtió en la primera deportista abiertamente transgénero y no binaria en obtener una medalla de oro olímpica.

“Me siento orgullosa de ver ‘Quinn’ en la alineación y en mi acreditación”, expresó la jugadora en su cuenta de Instagram. También comentó que le entristece saber sobre deportistas olímpicos que no pudieron vivir su verdad.

“Me siento optimista por los cambios. Cambios en las leyes, cambios en las reglas, en las estructuras y en las actitudes”.

A pesar de lo anterior, Quinn también es consciente de las realidades, sabe que, aunque Tokio fue un importante punto de inversión, aún queda mucho por hacer. “A las chicas trans se les prohíbe practicar deportes. Mujeres trans que enfrentan discriminación y prejuicios mientras intentan perseguir sus sueños olímpicos. La pelea no está cerca de terminar y lo celebraré cuando estemos todos aquí”, aseveró.

A criterio de la periodista cubana Tamara Roselló, las normas y reglas en el mundo olímpico tienen que ajustarse para darle cabida a la diversidad y hacer justicia. Esto contribuiría a que más personas luchen por sus metas deportivas, mientras se encuentran respaldados por un reglamento más inclusivo.

Asimismo, Dailene Dovale apuntó que la diversidad debía ser defendida en todos los aspectos, incluido el deporte y, de esta manera desmontar las jerarquías y privilegios que ubican al hombre, blanco, heterosexual, sisgénero y rico, por encima de todas las demás personas:

“Defender la diversidad nos ayuda a colocar cada vez más en una posición de equilibrio e igualdad a las mujeres, a las personas racializadas, a la comunidad LGBT+ y demás minorías. Esto es todavía una quimera y un proceso en deconstrucción en muchos casos. Aún queda bastante por luchar para brindar a todas las personas las mismas oportunidades de alcanzar el éxito profesional en cualquier ámbito”.

De batallas largas

Las actitudes discriminatorias que condujeron a varios deportistas LGBT+ a ocultar su orientación sexual durante años han ido menguando, pero el foco que hoy ponen los Juegos Olímpicos de Tokio 2020+1 sobre la sexualización de atletas y la inclusión de la comunidad LGBT+, debería ser un buen motivo para cuestionar nuestro papel como ciudadanos. Tal vez, deberían ser mayores los esfuerzos dirigidos a eliminar los estigmas para definir individuos, más allá de aspectos físicos e identidades sexuales.

Por su lado, Francisco Rodríguez Cruz, periodista cubano y activista LGBT+, convida a la superación de los estereotipos de hipersexualización de la mujer a través de los medios de comunicación. Estos suelen priorizar comentarios sobre la apariencia de la atleta en lugar de su rendimiento, así como la necesidad de visibilizar las polémicas alrededor de la comunidad LGBT+ en el ámbito deportivo. Es de suma importancia replantearnos por qué un discurso que ha recibido tal atención mediática en el resto del mundo, no tiene un correlato en el movimiento deportivo cubano.

Texto por Penélope Orozco Ortega y Mariana Monteagudo Fonseca