Yo vengo a ofrecer mi corazón nos recuerda que no eran (ni son) momentos de dividirnos. Cuando la provincia de los puentes fue el epicentro pandémico en el país no estuvo sola. Confluyeron en ella ojos y manos de todo el archipiélago. Las plataformas digitales, a pesar de sus burbujas y algoritmos, aportaron a la causa común. En no pocas ocasiones, la idea de donar se concretó desde el ciberespacio.

Yuliet PC (la Yuli de Cuba) –como se nombra en Facebook– movió algunas iniciativas de ayuda a Matanzas. Sí, lo hizo hasta que apareció una publicación esclarecedora en su muro. Decía el mensaje que Cuba no era solo Matanzas, no era solo Occidente, sino que había otros lugares muy complicados. Entonces, ahí mismo la Yuli hizo un comentario «quizás, liviano», reconoce. Luego lanzó una convocatoria en su perfil. 

Aprovechó la visibilidad que tiene en la red digital más usada por sus paisanos. Comprendió que muchos esfuerzos estaban aglutinados en la Atenas de Cuba y que ninguna propuesta podría abarcar todo el territorio nacional. A la vez, varias personas comenzaron a darle su disposición, de modo público o privado. Y, de acuerdo con la residencia de quienes le escribieron, la periodista del telecentro Islavisión escogió tres puntos específicos. Desde el pasado 26 de julio, Ciego, Santiago y Guantánamo comparten latidos.

«Así, muy locamente, nació Yo vengo a ofrecer mi corazón. No surgió como un  proyecto concreto, sino al calor de la situación y con deseos de ayudar. Ya vacunada y en la Isla de la Juventud, donde no hay COVID, a veces tenía un sentimiento de culpa. Mi posición era privilegiada y sabía que el resto del país presentaba otra situación», comenta Yuliet Pérez Calaña. Ella aclara que si las provincias estuvieran abiertas, estaría batallando en un centro de aislamiento. Pero esta fue la vía que encontró para dar su apoyo.

EL CICLO CARDÍACO

En primera instancia, la coordinadora general del equipo no tenía claro ni lo que iban a hacer, ni experiencias de este tipo, e incluso, comenzaron a obrar sin identidad. Más tarde todo fluyó y se organizaron de a poco, porque el propósito sí estaba definido: auxiliar a quienes más lo necesitaran.

La joven pinera pronto se dio cuenta de que era importante una mejor organización informacional, en aras de llamar la atención y crecer. «Cada vez que compartíamos más datos, se sumaban otras personas, recibíamos más donaciones. Por eso, decidimos ponernos un nombre, crear el logo y las postales con todas las coordenadas necesarias a la hora de localizarnos».

A un mes de concretada la idea, han realizado donaciones de medicamentos, productos alimenticios y de aseo a personas vulnerables contagiadas –o no– que están ingresadas en el hogar o en centros de aislamientos. Todo ello, gracias a los recursos recibidos desde dentro y fuera de fronteras. Han recopilado, además, libros y juguetes para entregarles a pacientes pediátricos. Sin embargo, han ido más allá de lo material. Yuli y su gente han restaurado almas.

El gran corazón de esta iniciativa ciudadana no descansa; de lo contrario, moriría. Recopilan o entregan, o hacen las dos cosas. Pero siempre están en movimiento. En Guantánamo, el personal médico del grupo wasapero  consulta sin fechas ni horario y tampoco se detiene la detección de los más necesitados en Ciego y Santiago.

«Aunque somos un mismo proyecto –destaca Yuliet Pérez–, cada provincia tiene su autonomía para determinar qué va a hacer, para buscar a su gente, para crear sus alianzas con otras iniciativas. Son los que están allí los que saben dónde hacen falta los recursos y en qué van a invertir el dinero recaudado».

Para ella, los protagonistas de esta historia son quienes están en «la caliente», llevando las donaciones. Y cuenta con tres personas por provincia, de manera que el núcleo de Yo vengo a ofrecer mi corazón tiene 10 integrantes, incluida Yuli. Destaca los nombres de Vivi, Cynthia y Leidy, Rubén, Juan Edilberto y Yunier. Mas, no se puede obviar el sistema de mensajeros, que sería difícil de contabilizar.

EL PULSO DEL GUASO

En Guantánamo es donde más han trabajado. Esto se debe, en parte, al desempeño de Vivi González Balben, la coordinadora en la provincia. «Me uní, porque al ver el triste panorama en el que estamos viviendo (los fallecidos, las carencias, la desesperación de los enfermos) no pude evitar los deseos de colaborar creando una vía de ayuda. En estos tiempos todo lo que uno puede brindar es insuficiente ante tanta necesidad», asegura.

La colega de Yuliet, que trabaja en el periódico Venceremos, cuenta que dos días después de creado el chat general decidieron abrir otro para los médicos que se habían unido al primero. No eran pocos. Desde entonces, han consultado a todos los pacientes que lo precisen. Esa es otra de las actividades que realizan.

Vivi González explica que todas las medicinas que les llegan de otras partes del país o del exterior van a manos de los expertos, con excepción de los antidepresivos. Estos se utilizan a nivel de hospital. Desde el territorio más oriental de Cuba, el equipo ha captado imágenes impactantes. «Hemos llegado a barrios, donde lo que hemos visto te rompe el corazón. Personas que viven en condiciones muy, muy, muy vulnerables –por llamarlo de algún modo– desde antes de la pandemia. Y ahora, imagínate. Pero de eso se trata, de llegar a esos lugares», revela Yuliet Pérez.

SANTIAGO NO SE QUEDA ATRÁS

Desde hace varias semanas en Santiago de Cuba existe restricción de la movilidad y el transporte urbano está paralizado. De ahí que el periodista Yunier Sarmientos, mensajero del grupo, tenga que caminar a fin de cumplir sus funciones. No obstante, «di mi disposición para participar en la iniciativa, recoger los donativos que otros hicieran y trasladarlos hacia la Asociación Hermanos Saíz (AHS), que es el lugar para la recepción y clasificación de las futuras entregas».

Una vez que Yunier recibe llamadas y mensajes de personas dispuestas a aportar, va a sus casas (con todos los medios de protección requeridos) y los lleva al local de la Asociación. Reconoce que ha caminado bastante, porque no siempre los seres solidarios viven al doblar de la equina. Todo conlleva agotamiento físico y planificación del tiempo para una actividad que irrumpió –de manera favorable– en sus rutinas, pues continúa ocupado en el periódico local Sierra Maestra.

Aunque todos los integrantes tienen sus trabajos al margen del proyecto, no representan a sus centros laborales. Es válido destacar que la AHS de la ciudad heroína es la única institución vinculada a la iniciativa. Téngase en cuenta la experiencia acumulada por la sede cultural en este tipo de tareas, cuando apoyó a los habaneros afectados por el tornado de 2019.

El apoyo de los trabajadores de la AHS en Santiago ha sido fundamental para el éxito del Proyecto en la provincia. Foto: Cortesía de Yunier Sarmientos.

Por estos días, el mensajero también ha tenido que sortear condiciones meteorológicas adversas, pero refiere que todo eso es minúsculo en comparación con las circunstancias sanitarias.

Desde fines de julio y hasta el 13 de agosto lograron acopiar medicamentos, medios de protección, productos de aseo e higiene, textiles y alimentos. Además del monto de dinero transferido a la tarjeta magnética de Juan Edilberto Sosa, coordinador en Santiago. Y todo fue entregado en la Escuela Pedagógica Floro Regino Pérez, que hoy alberga a embarazadas sospechosas o positivas a la COVID-19.

En estos momentos, asisten de otro modo, particularizando en esas personas que tienen la enfermedad o que se están recuperando y necesitan de algún medicamento para su mejoría. «El virus está tan extendido que ya es imposible no conocer a algún paciente o familia que necesite ayuda».

MORÓN, AL NORTE DE CIEGO

Quizás, Cynthia Valdés sea la que más sentido le da a este proyecto. Conoce de qué van las misiones sociales, la vocación de servicio. Cursa el tercer año de Medicina y hace unos meses le diagnosticaron una afectación del sistema inmunológico.

«Necesitaba un medicamento que no se comercializa en el país, no lo encontrábamos por ninguna parte. Y gracias a la Yuli de Cuba se creó toda una red hasta que se encontró y viajó de mano en mano, desde el Centro de Neurología hasta Ciego de Ávila», confiesa quien ha convertido su casa en punto de recogida de donaciones.

Luego, se trasladó al hospital Hermanos Ameijeiras, donde estuvo un mes. Durante ese tiempo no hubo un solo día en que dejaran de escribirle hasta desconocidos que estuvieron pendientes de su evolución. «Muchos se acercaron y me llevaron cosas… todo lo que puedas imaginar, incluso carticas que aún leo y termino llorando». Ella sabe cuánto se valora la palabra de aliento, pues muchas veces es más necesaria que la propia medicina.

Por eso, ahora se siente útil, es feliz al poder ayudar a los demás. De acuerdo con Cynthia, el hecho de ver sonrisas dibujadas en sus rostros lo vale todo. Y si bien sus colegas pesquisan (con ellos reconoce los casos más vulnerables), ella no puede salir de cuatro paredes, prepara las bolsas y coordina la transportación.

La colaboración de Cynthia también ha sido primordial para Leidy López, coordinadora en Ciego. Ella también hace todo lo que esté a su alcance en función de conducir esta empresa de amor al ser humano. «Queremos hacer un tipo de censo para poder llegar a más personas y tratar de que se sumen otras a la causa», destaca la estudiante de cuarto año de Historia del Arte.

EMOCIONES QUE PALPITAN

Todo lo que sucede al interior de Yo vengo… provoca una mezcla fuerte de sentimientos, como dice Leidy. En busca de momentos inolvidables, recuerda varias situaciones. «Hay quienes te piden un medicamento y no lo tienes, o sí y se lo das, y luego te enteras que falleció. En otros casos, es reconfortante ver cómo hay personas que mejoran de salud gracias a las entregas. También me he encontrado casos muy necesitados. Cuando voy y les llevo algo, los ojos se llenan de lágrimas, pero me digo “pa’ alante”, que hay que seguir ayudando». 

Sobre el tema, Yuli y Vivi coinciden en una anécdota. Dos días después de creado el grupo de los guantanameros, el médico Carlos García socorrió a un señor con varias comorbilidades. Era cardiópata, hipertenso, diabético y tenía obesidad grado II. Pero se complicó. Cuando necesitaba servicios de terapia intensiva con urgencia, todos se movilizaron a encontrar un medio de transporte.

«Las ambulancias no tenían camillas, lo choferes contactados no querían, porque tenía síntomas de COVID. Aún hablo de eso y se me saltan las lágrimas –declara Vivi–. Estuvimos 45 minutos en busca de un carro para mover al señor. Después de tantos intentos fallidos, falleció en las manos del doctor».

Desde aquel día, todos los integrantes de la iniciativa hacen lo posible porque esta historia no se repita. Aunque siempre se muestra optimista, hace poco Yuli perdió a un familiar cercano, debido a las complicaciones asociadas al coronavirus. Durante las 18 jornadas que pasó en terapia –con un coma profundo– ella no se concentraba en nada. Lo único que la sacaba de ese dolor era ayudar en el Proyecto. «Sentí que estaba (de algún modo, aunque fuera mínimo) tratando de que otras personas no terminaran como mi tío».

Sobre el futuro de la iniciativa solidaria, Yuliet Pérez Calaña no tiene pensada una proyección más allá de lo cotidiano. «No te pudiera decir que tampoco lo vamos a hacer o que no es una buena idea. Estamos viviendo el diario con lo que nos cae, invirtiendo en lo que consideramos hace falta. No tenemos tiempo para proyectarnos más allá, porque la situación es muy complicada y por la vorágine del trabajo de cada uno combinado con esta tarea». 

Yo vengo a ofrecer mi corazón pone a un lado las diferencias de sus integrantes en cuanto a credos o cuestiones políticas y potencia lo que verdaderamente los une. Porque, como bien define la Yuli de Cuba, la solidaridad representa esa condición del ser humano para aliarse en pos de contribuir con algo noble, justo o necesario –o las tres cosas, como en este caso–. «Y todo parte, aunque sea una causa colectiva, de un sentimiento muy personal de empatía, de ponerte en el lugar del otro».