Por Lorena Chávez Fernández y Darío Alejandro Escobar

Cada cierto tiempo salgo a cazar palomas con algunos de mis amigos. Es mi pasatiempo desde que era un adolescente. Me desperté ese día a las 4:00 AM. Era una madrugada calurosa, de esas en las que te despiertas medio pegajoso por la humedad excesiva. Apagué la alarma, fui directo al baño. Me lavé los dientes —todavía casi dormido— y me miré en el espejo. “Si sigo levantándome a esta hora las ojeras van a ser eternas”, pensé. Preparé el café con calma y lo disfruté mirando al perro dormir. Vestido y con los accesorios en la mano, agarré la escopeta y esperé en el portal de mi casa a que llegaran los demás.

Parecía otro domingo corriente en Camagüey.

Al mediodía estaba de vuelta. Almorcé y me di uno de esos baños reparadores de fin de semana. Ya estaba cómodo en el sofá para ver la televisión cuando, de pronto, se apagó el equipo. “Vaya pa´l carajo”, dije en voz un poco alta. Ya eran varios apagones en la semana. Estaba loco por disfrutar del partido de fútbol entre Italia e Inglaterra. Era 11 de julio, día de la final de la Eurocopa.

Cuando el calor de la tarde apretó, salí al portal para refrescarme y vi a varios vecinos en lo mismo. Sentado en el sillón se me ocurrió conectarme para seguir la final por internet. Enseguida me salieron los reportes en las redes de las manifestaciones en La Habana. No pude enterarme de mucho porque entró una llamada. Era mi hermana.

-¿Dónde tú estás, Andrés? ¿Estás viendo las noticias de La Habana? Son miles de personas en la calle.

-Sí, lo estoy viendo justo ahora, pero estoy bien. Aquí en la casa, tranquilo.

-Cuídate, Andrecito, que están diciendo que van a asaltar a los militares. No salgas. No hagas locuras.

Sonreí y traté de tranquilizarla. No podía calcular la gravedad de lo que estaba sucediendo en la capital.

Pasaron unos minutos. Iba a llamar a Claudia, la mamá de mi hija, para decirle que no saliera de la casa, pero llegó una colega preguntando por mi papá. Le dije que no estaba, se había ido junto a mi madre para la finca desde por la mañana. Me comunicó la orden de presentarme urgente a la unidad.

En ese momento me di cuenta de que no debí subestimar los consejos de mi hermana. Me afeité lo más rápido posible, me puse el primer uniforme que encontré en el closet y salí en bicicleta para la unidad. 

¿Qué estará pasando? —me pregunté mientras pedaleaba en dirección al trabajo.


Llegué cuando mis compañeros se montaban en una guagua. ¿Pa´ dónde va eso? Para el Casino, respondió un teniente. Ellos llegaron al puente Triana, cerca del estadio de béisbol, junto con trabajadores del gobierno provincial. La información era que los manifestantes, al parecer, iban hacia la sede del Poder Popular.

Foto: Captura del puente Triana el 11J.

Yo no fui en la guagua, seguí junto a otros colegas en bicicleta. En el camino empezamos a ver las patrullas. Me di cuenta que algunos de los transeúntes me miraban con un poco de desprecio o resentimiento. Se sentía la tensión.

Cuando llegué al Casino se escuchaban ruidos como de objetos duros cayendo sobre un zinc. Me quedé unos segundos en shock. Un grupo de personas nos lanzaban piedras desde el otro lado del puente Triana. Había jóvenes, adultos y mujeres. Se les notaba muy molestos. Mientras acomodaba mi bicicleta junto a una pared, vi cómo un camión parqueado en medio del puente era destrozado por los impactos. Lo primero que le rompieron fue el parabrisas. No podía creerlo.

Alguien recordó la orden de que no se podía agredir a ningún manifestante, pero en eso empezaron a herir a amigos míos y aquello se salió un poco de control. Algunos de mis colegas empezaron a responder con las rocas que lograban esquivar. 

¿Esto qué cosa es? —me preguntó el oficial que venía conmigo— . No pude responder. Yo tampoco entendía.


Los primeros militares y civiles que llegaron fueron agrupándose en la esquina de la calle Palma. Avanzaron hasta ahí gritando consignas revolucionarias. Jamás se imaginaron que los iban a agredir. En la misma entrada del puente les cayeron a pedradas.

Fue algo muy fuerte.

Pocos minutos después, llegó la Brigada Especial de la Policía Nacional Revolucionaria. En ese momento parte de los militares tratábamos de avanzar, pero todavía las pedradas nos lo impedían. Vimos cómo algunos de los vándalos tenían palos en sus manos. Ahí nos percatamos de que no había sido exactamente al azar. Los supuestos manifestantes tenían pequeñas lomitas de piedras, de algunas casas las sacaban y se las facilitaban. Incluso, nos tiraban desde encima de los techos.

Avanzábamos por el puente y nos hacían retroceder con piedras. Dos veces tuvimos que replegarnos completamente, hasta que la Brigada Especial pudo adelantar. Todos estábamos muy alterados.

Muchos de los civiles que acudieron de la gente nuestra demostraron valentía. No todos eran militares. Había trabajadores del taller de transporte, finanzas y logística. Uno de ellos recibió una pedrada —después supimos que le dejó siete puntos en la cabeza— empezó a sangrar mucho y se lo llevaron al hospital. Otra muchacha recibió tres impactos. Había varios con heridas en las manos.

En medio de aquella locura hubo una compañera que no retrocedió ante el vendaval de piedras. Estaba eufórica. Recuerdo que en una de esas yo le grité: “Odalys, dale pa atrás que te van a dar” y ella me respondió: “Cojone, no me mandes pa atrás”. Se viró para dónde venían las piedras y gritó con furia: ¡Viva Fidel!

Ese gesto nos subió la moral, avanzamos y reestablecimos el orden.

Pero la verdad es que al final todo fue muy triste. Vi heridos a ambos lados. Cuando regresé a casa, ya en la cama, estuve un rato consternado con el nivel de violencia. Nunca imaginé que sucedería algo así en mi país. Soy padre, hijo, hermano… pensé mucho en mi familia, en mi niña. No quisiera perder lo bueno que tenemos. Soy militar, pero también soy un ser humano. Yo también soy pueblo.

*Todos los nombres han sido cambiados a petición del testimoniante*