Las Organización Mundial de la Salud (OMS), se da una pequeña palmada en la frente, aprieta los ojos y respira profundo. La preocupación, digamos que reciclada, llega allende –pero acentuada por– los cerca de 110 millones de «acariciados» por la Covid-19 o los casi 2,5 millones de personas que no han sobrevivido a esta. 

El nuevo dolor de cabeza, por el momento tenue, hasta la fecha nimio, se llama ébola. Cuatro muertos en la República de Guinea –y otros cuatro infectados– encienden la alarma, mientras que el gobierno declara alerta de epidemia en todo el país.

Si bien este virus, nacido en selvas homónimas, no posee las mismas «facilidades» que el Sars-Cov-2 para multiplicarse en torno al orbe, carece de la fama de los buenos amigos. De acuerdo con la OMS, los brotes de ébola suelen tener una letalidad aproximada del 50%. No obstante, el propio organismo reconoce que estas tasas han oscilado históricamente entre el 25 y el 90%.

Fresco en la memoria el último rebrote de la enfermedad (2013-2016), cuando murieron más de 11 mil 300 personas, un mundo al que ya le pesa la mascarilla comienza a cruzar otro par de dedos.


BBC nos cuenta, con la «objetividad» que la caracteriza, cómo la vacuna Sputnik V «pasó de generar desconfianza a ser un instrumento para la influencia de Rusia en el mundo (incluida América Latina)»

Después de repasar los dime que te diré´s a partir del anuncio de la vacuna rusa y tras exponer secretismos heredados de la sovietización, el artículo muestra,preocupado, que al ser esta una fórmula estatal el presidente Vladimir Putin puede hacer un uso geopolítico y maquiavélico de las dosis.

«Al ser estatal, Putin literalmente puede decidir cuántas dosis dar, a qué precios y a quién. Y todo esto estará condicionado por las evaluaciones políticas y estratégicas del Kremlin», insiste Vanni Pettinà, a quien BBC nos presenta como experto en relaciones exteriores de Rusia en el Colegio de México.

«Rusia es una potencia oportunista […] mientras Estados Unidos y la Unión Europea priorizan abastecerse a sí mismos y son incapaces de proveer a países menos desarrollados, aprovecha para llevar la vacuna a estos territorios, también en América Latina», explica Oleg Boldyrev, periodista del servicio ruso de la BBC en Moscú.

El escrito del medio británico da fe de que los «pobrecitos»de América Latina no tienen tecnología propia para desarrollar antídotos (aquí hay cosillas que no se están diciendo) y de que no tienen dinero para pagar las «carísimas» que se han ido aprobando.

Asimismo, «Occidente no tiene mucha flexibilidad para manejar sus vacunas porque no las controla, son productos privados, y por eso está más expuesto al chantaje de precios y a contratos poco transparentes». BBC recuerda que esto será aprovechado por los rusos para ganar terreno y jugar sus fichas.

La BBC hace gala de su mirada colonial. América Latina vista como mero terreno en disputa, el patio trasero que los vecinos más fuertes de la manzana intentan ganar en subasta. «Cuidado con los indios malagradecidos que se venden al mejor postor y luego se nos hace más difícil seguir robándoles, como hemos hecho en el último medio milenio», quizás piensen algunos rubios en un fugaz destello de sinceridad cerebral.

Por otro lado, el gran problema no resulta que los adelantos clave de la ciencia, en contexto de pandemia además, sean controlados por el mercado y por ende exclusivos… sino que los «chicos malos» de Rusia, «comunistas encubiertos», hagan de las suyas.

BBC se preocupa porque, imagínense ustedes… qué pasaría si hubiesen bases militares extranjeras en América Latina. Ah… cierto, ya las hay. Pero, gracias a Dios, en ellas no se habla con el enrevesado acento del este de Europa.