Vengadores: Infinity War fue una suerte de experimento fascinante para atraer a una audiencia ávida de sensacionalismo. Resultó matemáticamente pensada para ser vistosa, pero carente de un sentimiento real.

Vacíos emocionales

Este filme no se detiene en excesivos melodramas, por lo cual, no es de extrañar, que su villano carezca de un trasfondo psicológico. El personaje de Thanos se torna entonces, un autómata sin ningún asidero emocional, aun si develan algún diminuto flashback donde se intenta dotar de una dimensión trágica a su propósito.

Algo muy similar ocurre con la otra pareja que carga con subtramas a sus espaldas: Visión y Bruja Escarlata. Dos personajes que hasta la película anterior de Vengadores eran secundarios, por lo cual en esta entrega se pretende tengan cierto peso narrativo.

Se percibe como algo absurdo que los Vengadores en bloque decidan proteger la integridad física de Visión, cuando no han intercambiado (si se tiene en cuenta entregas precedentes) ni media frase con él.

Cada una de estas zonas grises llegan, desde la secuencia que abre el filme, la cual apuesta por ser impactante.

En la cuerda floja

Vale preguntarse entonces, ¿afecta todo eso a la calidad de la película como gran crossover?Si lo vemos como puro entretenimiento, Infinity War deviene en un festín monumental de combates superheroicos. La cinta refleja varios escenarios, distintos equipos en múltiples combinaciones, peleas trágicas y otras más ligeras.

En Infinity War hay tiempo para el drama familiar, el romance, secuencias de acción y épica deslumbrante.

No obstante, la cuestión recae en cómo todo resulta un círculo vicioso, donde la necesidad de contentar a la audiencia con la mayor cantidad posible de combinaciones y escenarios, conlleva a decisiones un poco arbitrarias. Pudiendo citarse, por ejemplo, la conclusión de una de las batallas más dramáticas del conjunto, en la que Doctor Strange traiciona por completo al personaje a quien se dedicó una entrega completa, solo porque no hay tiempo de complicar la situación con exceso de diálogos.

Claro, permisible el hecho si pensamos que Stephen ha sido una de las demostraciones de “poderío cósmico” más excepcionales de los diez años de Marvel en la pantalla. Al final esa incongruencia queda diluida bajo el aparato visual y sonoro desplegado por la cinta sobre el espectador y los personajes.

También podemos ilustrar desde el propio tono: el largometraje no tiene tiempo para arriesgar en nuevas tramas y opta por continuar con el estilo de cada una de las entregas anteriores. Se nos devela un Capitán América igual de conservador y correcto, en la misma película de unos Guardianes de la Galaxia tan paródicos como es usual.

Fórmula para el éxito

Vengadores: Infinity War no quiere ni puede solventar estos desequilibrios, por eso quien busque algo más allá de una avalancha de puñetazos a supervelocidad, verá fallas desde el principio.

Presenta más secuencias corales con la mayor cantidad posible de personajes en pantalla.

Sin embargo, no podemos obviar el hecho de que, al final, los hallazgos de esta megaproducción están, como siempre en el fantástico universo de Marvel, en los pequeños detalles: la química afortunadísima entre Iron Man, Doctor Strange y Spider-Man. O las pinceladas de un humor más ocurrente, no especialmente paródico, el cual emerge de forma natural en el guion, para disminuir la tensión.

Atisbos de magia para el fan saturado por tanta descarga de adrenalina, en una fórmula pensada para ser exitosa y sensacionalista. Pero no por ello deja de ser interesante y peculiar.