Dicen que los golpes enseñan, que el trastazo y el dolor educan; pero lo que pocos llegan a saber es que su contraparte, la alegría, el amor, la ternura aleccionan más y con más fuerza. Basta con detenerse en el tiempo y recordar las risas y los buenos instantes. Aunque el dolor no se borra, no desaparece; disminuye, se vuelve cortina de humo y flota entre nubes de pensamientos. 

Todos tenemos de esos momentos: de los malos, de los regulares, de los buenos, de los inolvidables. Y de cada uno de ellos algo aprendemos. 

Una de las primeras lecciones que recibí fue impartida por mi madrina, Kathy. Me enseñó el valioso corazón de una madre. Mi madrina parió joven; yo tenía cinco años cuando esperaba, en los bajos de mi verde edificio, a Daniela, su hija. ¡Qué bebé más fea! Arrugada, piel morena, sin pelo, obviamente sin dientes, ojos chinos y muy delgada. No sabía cómo podía alguien fijarse en ella. Actualmente, cuento esto y no me lo creo, era realmente fea. 

No obstante, Kathy la miraba con cara enamorada, «¡es la bebita más hermosa!». Supongo que el amor es ciego y más el de madre, que viene desde el momento cero, que sobrepasa tempestades y conflictos, distancias e inseguridades, que obvia defectos y realza virtudes. Es ese amor puro, inmortal.

Daniela fue creciendo y con apenas dos o tres años de vida le regalaron un pollito. No recuerdo cómo lo nombró, solo que lo vestía y lo quería mucho. «Me encantan los animales», decía ella. Aquel pollito tuvo camita, jugó a la cocina y al modelaje; lamentablemente, perdió sus patas cuando Danielita le enseñaba el duro oficio de tirarse por el sofá y caer, a la fuerza, como los gatos. 

Lloró un par de días, su pollito le había enseñado qué era entregarse a otro, qué era cuidar a otro, qué era amar a otro. Aunque con tristeza, Daniela supo enfrentar su pérdida, los años pasaron y adoptó una linda perrita, ahora, además, rescató a un gato de la calle. Ninguno de ellos ha jugado a las cocinitas ni ha modelado. ¡Menos mal!

Daniela, que antes se escondía debajo de los muebles de mi casa para comer tomates, nunca dudó qué le gustaba y qué rechazaba. Leer le molestaba, escribir era un fastidio y de ciencia mejor ni hablar. En cambio, desde niña mostró una habilidad enorme para bailar. La danza se convirtió en es su medio de expresión; baila sin pena y se siente libre. Hubiese querido ser ella y bailar con esa soltura; lo hago ahora, pero perdí tiempo.

No podré olvidar cuando fui al Teatro Nacional a ver a la pequeña bailarina danzar la polka rusa. ¡Era arte! ¡Era magia! ¡Era ímpetu! Pasión lo que ella sentía al dar vueltas y elevar el cuello en señal de grandeza; pasión la mía a verla ser feliz. Daniela baila enamorada de la vida, de ella misma, de lo que hace. 

Por motivos pocos convencionales no pudo continuar bailando a nivel profesional: puede que haya influido su tamaño de minion o su apellido lejano. Sin embargo, jamás dejó de hacerlo. Aprovecha cada sonido para hacer mover su silueta; no perderá nunca la esperanza, ni las ganas de enamorar con su cuerpo. 

Hablando de amores, la imagen de Daniela contando sobre su primer amor de ningún modo será borrada. «Es hermoso prima, tiene los ojos claros y es más alto que yo (para nada difícil serlo)». La niña tarareaba canciones románticas, miraba a las musarañas y pensaba en los finales de las princesas de Disney. 

Pasó el tiempo y lo que se creía amor se esfumó, tan efímero y vivaz. Puede que no de su tiempo de adolescente no le haya quedado el «amor verdadero», ¿o sí? Le quedó Randy, su mejor amigo. Desde que Daniela puede hablar coherentemente menciona a Randy.

Han pasado años, ha surgido distancia entre ellos, han peleado, han conocido nuevas personas, han estado en pareja, han vencido metas, han pasado momentos tristes, pero siempre han permanecido juntos. Así, tan joven y elocuente, Daniela aprendió a golpes que muy pocas personas se quedan a tu lado cuando la batalla es más dura que la enfrentada por John Snow en la de los Bastardos. 

Randy es uno de esos incondicionales a Daniela, de los que luego de meses sin verse puede cruzar océanos para ayudar a su amiga. ¡Qué bueno es tener alguien así! Como cantó Manuel Carrasco: qué bonito es saber que siempre estás ahí, quiero que sepas que voy a cuidar de ti. Qué bonito es querer y poder confiar, afortunado yo por tener tu amistad.

La niña fea del inicio creció y se convirtió en una mujer increíblemente hermosa, en una de esas personas que contagian alegría, que regalan sonrisas y presumen de ser espontáneas. Daniela es una de esas personas que uno elige sin duda alguna; la elegí como mi familia, como mi amiga y compañera de aventuras. 

Hace meses que no la veo, como otras miles de personas que se encuentran alejadas de sus seres queridos. Llevamos varios 14 con el pecho estrujado, este no será distinto, otro más de la distancia, de los abrazos virtuales y los besos encarcelados, otro más del después. 

Si mi abuela estuviese viva estaría llamando a sus hijos para hacerles entender que donde quiera que se encuentre, sin importar tierra de por medio, ese hilo invisible -que no es el rojo, pero tampoco se puede romper- les unirá toda la vida. Tal vez hubiera tenido que enseñarle usar WhatsApp para que saludara a todos, para que viera lo linda que está Adriana, lo fuerte que se ve Fabio, Harol y Larry, lo feliz que está Raulito con su primeriza, para que hable con Elina del trabajo, de tiempos pasado con Ñiquito y Emilio y para que Paco le cuente uno que otro chiste. Ella no lo hará; me toca a mí. 

Me sentaré, además, para llamar o testear a todos esos amigos que me dejó la vida como regalo. ¿Quién sabe si me alcance tiempo para leer? Perderme algunas horas entre páginas amarillas y gastadas; las palabras, antes de volar junto al viento, quedan estancadas en ese curioso sitio llamado imaginación. 

Pues entonces imaginaría el abrazo gigante que debo hace tantos meses a quienes han estado ahí siempre, a mis maestros de viaje, a mis compañeros de vida y, por qué no, a mí misma. Lo mejor es guardar ese abrazo, sí, guardarlo es más seguro; pronto nos veremos y será el más largo de los abrazos, más largo que El Quijote. Don Quijote de la Mancha veía monstruos en lugar de molinos de vientos; yo, en cambio, veo cada vez más cerca el arcoíris luego de una tempestad.

Necesitamos más arcoíris, han pasado muchos días grises; muchos adioses y reencuentros fallidos, sueños cercenados o sonrisas frustradas, pero la cara enamorada de madrina me reproduce los finales felices, no los de aquellos cuentos, el de nuestros cuentos, que lejos de ser conocidos son valiosos. 

Si me preguntan por ese especial sabré contestar con premura y seguridad.

_ ¿Y Daniela? 

_ ¿Daniela? Bailando enamorada.